Ningún llanto duele más que el llanto de aeropuerto. Mientras movés la mano con la poca fuerza que te queda como diciendo chau hasta la vuelta, aun cuando no hay vuelta y la puta madre, cómo hago ahora para no llorar a los gritos adelante de toda esta gente que me mira con mi metro y 50 y mis 45 valijas.
Ya pasé por un montón de despedidas y sigo sin aprender cómo se hace. Vos tampoco sabés despedirte y ni siquiera entendí del todo tu trabalenguas de que mejor así porque peor lo otro que es ir despidiéndose de a poquito.
¿Y qué es este último abrazo? Una carta de amor tan fugaz como eterno.
Esta ciudad fue magia pura. Ojalá fuera capaz de escribir lo que sentí la primera noche que llegué a Venecia sola y vi el agua del Adriático frente a mí y pensé en lo afortunada que soy y en cuánto vale la pena la valentía de saltar sin saber dónde está el piso.
Esta ciudad fue magia también en mis dolores, llegué llena de penas y me regalé estar sola conmigo durante meses, me encerré un poco en mí y en mil libros y cuadernos y poemas. Lloré mucho, lloré pila, lloré sola y lloré mientras me abrazaban esos brazos gigantes y calentitos.
Y esta vez pensé en mí, en lo que necesito, en lo que mi corazón grita fuerte: es hora de ir un rato a casa, de que mamá me toque el pelo cuando no me puedo dormir y que la abuela me haga milanesas y después me corte la sandía, le saque las semillas y le ponga un poquito de azúcar.
Es hora de ser amiga de mis amigos. Es hora de ser hermana de mis hermanos.
Venecia fue un desafío, un aprendizaje, un amor.
Con el corazón un poco roto me despido, del agua celestita, de la pizza, del spritz, de la magia en cada esquina y de los rincones más hermosos del planeta. Y de vos, que ahora ya sabés.

La semana pasada lloré tomando Glühwein porque me hizo sentir como en casa.
Desde que aterricé en Berlín estoy llena de emociones. El puerto de Hamburgo me invita a encallar, otra vez, pero la nieve, el frío y las calles que me duelen me recuerdan por qué me fui.
A Alemania llegó hace años una niña muy libre e independiente que de a poco se transformó en lo que hoy soy.
Alemania me recuerda lo que fui y lo que quería ser.
Me recuerda lo que fui con y para otros.
Alemania somos nosotros y la vida que armamos y después rompimos.
Pila de amigos, pila de amor.

Me di cuenta de que algo andaba mal cuando sentí la necesidad de leer poemas tristes tres noches seguidas. Ya sabés, cuando estoy triste bajo las persianas, no me gusta ver que afuera hay sol y otra gente y otras vidas. A veces te confundo con un amigo, a veces te llamo porque me siento sola y me calma sentir tu voz del otro lado. A veces te llamo y corto y te escribo nevermind porque me asusta decirte cosas que no quiero decirte. Lucho todos los días para ser lo fuerte que quiero ser, para poder con todo, yo sola, porque sé que puedo, a veces puedo. Lucho todos los días para no necesitarte.

Me paso leyendo cosas de cómo es vivir con ansiedad, como si no supiera exactamente cómo es vivir con ansiedad. Creo que es porque leer que no soy la única me hace sentir un poco menos sola, un poco menos loca. Me como las uñas desde que tengo dientes, me como las uñas cuando sufro y sufro por comerme las uñas. Ese es el primero de mis miles círculos viciosos. La culpa, la duda, las inseguridades, los miedos, la confusión, you name it. Después el otro 98% del tiempo soy feliz y estoy tranquila y pienso, ¿cómo puede ser que de repente y sin motivos me angustie o me vuelva loca? Puede ser, y es, pero no es de loca, es de ansiosa. Ponerle un nombre hace que sea más fácil, hace que sepa que se me va a pasar, que a veces se va sin hacer nada, que a veces se me va escribiendo, que a veces se me va durmiendo, que a veces se me va llorando, que a veces se me va con un abrazo y que a veces no quiero ni que me toquen.
Por suerte también tengo toda esta otra parte que contrasta, la parte optimista, la certeza de que todo lo que me pasa al final es para bien.

Un día acostada en tu cama nos pusimos a hablar de combinar pasiones, vos estabas sentado pintando y yo te decía que vos estabas combinando pasiones porque me estabas pintando a mí. Yo te decía que quería escribir y viajar, escribir sobre viajar, viajar para escribir. Vos me decías que me calle, que me quede quieta, que me ponga un poquito más así, un poquito más asá.
Tenés que tomar más agua, tenés la piel medio seca, vení, tomá, linda, tomá este vaso entero, dale, entero, no es ni medio litro, y qué son las pasiones?
No sé, yo qué sé, ser feliz mientras hacés algo. Yo soy feliz cuando como tu comida. Y si cocinamos?
Un ratito más, estás cansada? Un ratito más y cocinamos. Mirá, ya casi termino, un ratito más.
Yo soy feliz mientras me pintás.
Yo soy feliz mientras te pinto.
Es eso, no es tan complicado.

Quisiera poder despedirme de mi abuela. Abrazarla en el mundo de los vivos y acompañarla a irse al mundo de los muertos, si es que existe, y ojalá exista y esté lleno de la gente que ella extraña. Ojalá esté mi abuelo que hace un año que la espera. Ya sé que en general el último deseo es para el muerto, pero todo pasó tan rápido que no me quedó otra opción que robarle el poder, y pedirle por favor en un mensaje de voz, que haga el esfuerzo sobrehumano, con esas palabras se lo dije, de dejarme la receta de sus rosquitas antes de morir del todo. Quisiera pedirle que no se muera, que me espere, que se quede acá hasta que yo le avise, pero qué egoísta quererla viva cuando ella quiere estar muerta. Con ella se muere un poco la niña que fui. Mi abuela está viva y yo estoy lejos.