Un tiempo antes de morirse, moviendo la cabeza de un lado al otro y frunciendo los labios, mi abuelo me dijo “yo pensé que tu abuela se iba a morir antes que yo y después yo me podía morir tranquilo”. La última vez que mi abuela vio a mi abuelo, él todavía estaba vivo. Conociéndolo como lo conozco, él diría que en realidad ya estaba muerto porque estar vivo es otra cosa, pero estaba vivo. Hacía ya dos días que no abría los ojos ni respiraba por su cuenta. Elena ya me había dicho, “Kiki, tu abuelo no se va a despertar más, ya está”. Pero entonces mi abuela fue a verlo. Se puso la bata blanca, se llenó las manos de alcohol en gel, entró a una sala de cti llena de viejos mucho más vivos que él, y le dijo “gordo, no te preocupes por mí, andá tranquilo, yo voy a estar bien, estamos todos acá, te quiero mucho, gracias por toda la vida, y mirá que ya le di de comer a los perros”. Y contra todo lo entendible, mi abuelo abrió los ojos, la miró a sus ojos siempre llorosos, y sintió, asumo, tranquilidad y amor.

Lo más difícil fue lograr que no se me murieran nuestras plantas. En 5 años nunca las regué, nunca las cambié de una ventana a la otra porque necesitaban más o menos sol, nunca arranqué hojas que ya estaban secas, ni nunca las cambié a una maceta más grande. Y de repente me vi sola y responsable de una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, once, doce, trece, catorce plantas. Viven, todas viven. Ese también es mi regalo para vos todos los días. Que los cumplas feliz.

Mi abuelo jugaba conmigo a todos los juegos que yo quisiera jugar. Me insistía que tenía que ser de Nacional, y jugaba conmigo a todo.
Mi abuelo siempre tenía algo de qué hablar. Filosofaba todo el tiempo y casi siempre tenía razón.
Mi abuelo hablaba todo el tiempo de la importancia de ser feliz y no complicarse con pavadas. Una vez le dije que “si algo tiene solución para qué te preocupás, y si no tiene solución para qué te preocupás” y quedó consternado por haber escuchado esa frase recién de viejo.
Mi abuelo, cuando yo era chiquita y vivíamos juntos, inventó un juego. El juego consistía en esconderte de forma virtual mientras el otro te buscaba. Tenía dos versiones, una era la “Escondida virtual real” y la otra era la”Escondida virtual virtual”. En la primera versión sólo podías “esconderte” en los lugares en que efectivamente entrarías, como abajo de la cama o en el ropero. En la versión virtual virtual podías esconderte desde adentro de la lamparita de luz hasta abajo de la alfombra.
Mi abuelo y yo nos pasábamos horas jugando mientras él me acariciaba los brazos o el pelo. No tuvo hijas mujeres así que aprendió varias cosas conmigo.
Cuando estaba internado unos días antes de morirse, el médico intensivisa le comentó que iba a ser abuelo de una nena. Ese médico me contó a mí que mi abuelo le dijo “ahora vas a conocer el verdadero amor”. Yo lloré de feliz mientras el resto de mi familia asimilaba el informe médico de que mi abuelo al final se iba a morir.
Para ser honesta, la mayoría de los días ni me acuerdo de mi abuelo, porque la mayor parte de mí todavía no entendió el cambio, la ausencia, la eternidad rota. Pero hay días como hoy, en que lo extraño, lo abrazo, me escondo virtual virtual en su corazón. Para siempre, abuelo.