La única vez que nos vimos yo estaba un poco preocupada, primero porque hacía mucho que no tenía una primera cita, pero sobre todo porque ya lo había puesto en el pedestal inalcanzable de los tipos que jamás van a interesarse por alguien como yo. Además de sus ojos verdes y sus brazos lampiños, me gustaba mucho su forma de escribir. Releí su poesía millones de veces, me aprendí su blog de memoria, escribí algunos de sus poemas en mi cuaderno, los leí en voz alta, se los leí a Camilo y alguna vez hasta lloré con la piel erizada. Muchas veces pensé en escribirle, pero nunca con una intención ulterior, sino simplemente para decirle lo mucho que admiraba su forma de plasmar sentimientos, pero al final tampoco nunca me animaba, hasta que un día, qué sé yo por qué, me animé. Le escribí exactamente esto: “che, sos increíble, hacés que escribir parezca fácil, te leo maravillada desde hace semanas, no pares nunca”.
¿Estás en Uruguay? me preguntó. “Sí”, le respondí. ¿Y estás para tomar una? “También”.
Estaba tratando de hacerme la que para mí era re normal que un tipo como él me invitara a salir. No entiendo cómo hice, le decía a mis amigas, para que este tipo me invite a salir. Lo más out of my league del mundo, seguro ni miró mis fotos, seguro se muere cuando se dé cuenta y tenga que sostener lo insostenible durante el tiempo que dura una cerveza en un vaso. Todos los días siguientes pensé que obvio no me iba a escribir más, y que si me escribía yo le iba a decir que al final no tenía tiempo. Pero me escribió, y junté fuerzas no sé de dónde y le dije que sí, cuando quieras, donde quieras, decime nomás y yo voy. Nos encontramos en alguna esquina de Pocitos y mientras decidíamos qué hacer y a dónde ir, terminamos comprando cosas en un super para comer y tomar en su living. Era simpático, era fácil charlar con él, pero yo todo el tiempo pensaba cómo puede ser que este pibe me haya invitado a salir a mí, pensaba que era una joda, como la vez que me invitaron a un cumpleaños y cuando llegué era mentira. No puedo decir que la estaba pasando mal, la estaba pasando raro, él no me hacía sentir incómoda, pero yo me sentía incómoda porque su presencia me hacía sentir chiquitita y fea. Un poeta talentoso y lindo. Y yo, ahí, queriendo estar a la altura de las circunstancias. A veces él me hablaba y yo ni siquiera lo escuchaba, intentaba captar más o menos de qué iba el tema para tratar de más o menos responderle con coherencia, hablamos un poco de Kerouac y creo que me especificó los distintos puntos de la Ruta 66. Yo sólo le dije que manejé varios kilómetros de esa ruta hace unos años y que todo el tiempo me sentía como un personaje en on the road.
No sé, de repente se paró y se puso frente a mí, con la pelvis a la altura de mi cara, y me agarró el pelo. Yo miré para arriba, lo miré a los ojos. Era realmente muy lindo, y él mismo se levantó la remera dejando ver unos abdominales perfectos. Me tocó la cara y yo me quedé quieta. Me tocó la boca y yo sólo lo miraba. Estábamos por chuponear y yo ahí con las piernas temblorosas. Entonces se bajó el pantalón, se bajó todo, y con la pija en la mano me dijo “bo, mirá que tengo novia”.

Caminando hacia atrás tropezaste con tu mochila y casi cayéndonos terminamos en mi cama, que estaba tendida pero para ser honesta sólo la tendí porque venías vos. Al final duró solo un rato el acolchado ordenado porque con los pies lo tiraste hacia abajo y me empezaste a sacar la ropa que también tirabas para abajo, yo te saqué la remera como pude y te dije sacate las medias, porque vos no sabías, pero ahora ya aprendiste que no me gustan las medias arriba de la cama. Y no sé cómo tengo estos recuerdos porque juraría que en ese momento yo no pensaba en nada, si abría los ojos se me nublaba la vista así que los cerré y me quedé acostada boca arriba mientras me besabas y también me mordías, y me acuerdo que en algún momento me dijiste no puedo más, Ini, y yo sonreí pero vos no me viste, y quise responderte pero al final no te respondí, y solo te empujé hacia atrás, te miré, y me mordí el labio de abajo.

Me senté a esperarte mientras miraba las puertas corredizas abrirse una y otra vez sin dejarte salir a vos. Me levanté y caminé alrededor de las sillas, y perdí la cuenta de cuántas veces miré el reloj. Volví a comprobar que estaba en la terminal correcta y me senté, y me levanté, y caminé y miré las puertas corredizas abrirse una, y otra y otra vez, hasta que casi ya no tuve uñas que morderme y entonces te vi salir, buscándome con la mirada, y sonriendo a partir del momento en que me viste y viste que yo te vi.

Nerviosa y atolondrada te dije que si nos íbamos rápido alcanzábamos el siguiente tren que nos dejaba en la esquina de casa. Qué contás, Ini, me dijiste vos, y yo que cuando estoy nerviosa hablo mucho, te conté mucho. Creo que no te dejé hablar en todo el camino. Te pregunté qué tal tu vuelo, y antes de que me pudieras responder, te pregunté cuántos días te quedabas.

Me llevó un rato largo encontrar mis llaves en la mochila, que al final estaban en el bolsillo de mi campera, pero abrí la puerta, y te dije pasá, y vos entraste, y yo te seguí. Este es mi cuarto, te dije, dejá tus cosas donde quieras. Y te sacaste la mochila, y la tiraste en el piso, y ahí mismo mientras yo te miraba todavía con la llave en la mano me agarraste de la muñeca y me llevaste con fuerza hacia vos, y la otra mano me la pusiste en la cintura y me dijiste que qué ganas de hacer eso que tenías, y yo te dije ¿eso qué? y vos me besaste y me dijiste tocarte, y yo te dije tocame.

Debería de recordarlo como el verano que no fue verano, porque en 30 años eso es lo que van a recordar todos. Llovió desde noviembre a marzo, y solo la gente con mucha suerte logró que le brille un rato el sol en alguno de sus días de licencia. Pero yo de todo eso ya me olvidé, porque en 30 años solo me voy a acordar de la primera vez que me tocaron la nuca y se me estremeció todo el cuerpo. Yo mientras tanto manejaba y apretaba el acelerador y a veces el freno, y del embrague me olvidaba porque me distraían tus dedos entreverando mi pelo. Cuando me pongo nerviosa me muerdo los labios, y “no hagas así que me matás” me decías vos con esa voz que me volvió loca desde la primera vez que te había escuchado sentados en un bar mientras yo comía papas fritas y vos me mirabas la boca. Yo no me di cuenta, pero por suerte me dijiste esa misma noche, algo como “yo no puedo creer tu boca”, y yo que andaba medio susceptible te dije que hagas con ella lo que quieras y al final quisiste y ahí estábamos, y yo manejaba y apretaba el acelerador y después el freno mientras te pasaba la lengua por el cuello y te miraba la cara de querer más. Yo también quería más, y te fui recorriendo desde el cuello, pasando por tus antebrazos y más abajo también, que te gustaba, y entonces vos hacías lo mismo conmigo, y lo que sí me acuerdo de ese verano es que adentro del auto el clima era otro, y los vidrios se empañaban y mientras me sacabas la bombacha azul con una moñita roja yo te mordía la oreja y te hablaba, para que me respondas con tu voz que de a ratos se me olvida.