Debería de recordarlo como el verano que no fue verano, porque en 30 años eso es lo que van a recordar todos. Llovió desde noviembre a marzo, y solo la gente con mucha suerte logró que le brille un rato el sol en alguno de sus días de licencia. Pero yo de todo eso ya me olvidé, porque en 30 años solo me voy a acordar de la primera vez que me tocaron la nuca y se me estremeció todo el cuerpo. Yo mientras tanto manejaba y apretaba el acelerador y a veces el freno, y del embrague me olvidaba porque me distraían tus dedos entreverando mi pelo. Cuando me pongo nerviosa me muerdo los labios, y “no hagas así que me matás” me decías vos con esa voz que me volvió loca desde la primera vez que te había escuchado sentados en un bar mientras yo comía papas fritas y vos me mirabas la boca. Yo no me di cuenta, pero por suerte me dijiste esa misma noche, algo como “yo no puedo creer tu boca”, y yo que andaba medio susceptible te dije que hagas con ella lo que quieras y al final quisiste y ahí estábamos, y yo manejaba y apretaba el acelerador y después el freno mientras te pasaba la lengua por el cuello y te miraba la cara de querer más. Yo también quería más, y te fui recorriendo desde el cuello, pasando por tus antebrazos y más abajo también, que te gustaba, y entonces vos hacías lo mismo conmigo, y lo que sí me acuerdo de ese verano es que adentro del auto el clima era otro, y los vidrios se empañaban y mientras me sacabas la bombacha azul con una moñita roja yo te mordía la oreja y te hablaba, para que me respondas con tu voz que de a ratos se me olvida.

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