Aquella ciudad era pura poesía, poesía y jóvenes, poesía y nosotros dos jóvenes.

Me busqué mucho en todas partes, me busqué en la Alexanderplatz y me busqué entre tus piernas.
Me busqué sola en una terraza de camino al desierto de Marruecos y me busqué entre lágrimas y descalza sobre la moquete de una mezquita de Estambul.
Me busqué en una carpa en una playa bajo el sol radiante de las 10 de la mañana y me busqué en una tormenta de nieve en Polonia.
Me busqué en la ruta 66 y en aquel lago de México con el agua más transparente que vi en mi vida.
Me busqué en mil poemas, en las palabras de otros y en todas las pinturas de todos los museos.
Me busqué en la muerte de los vivos que más quise y me busqué en la panza de mi madre.
Perdida en este mundo y esta vida y en las otras, perdida en mi pasado, y en todos los caminos que pisé, me pierdo entre tus dedos y cuando demoro 13 días y 4 horas en responderte un mensaje pidiéndote perdón.

Cuántas veces me escapé, cuántas veces quemé todo pensando que así se olvida.
Cuántas veces empecé de nuevo, otra casa, otra cama, otro colchón sin huellas de ninguno.
Me lo dijeron muchas veces: no importa a dónde vayas, los dolores se van contigo.
Entonces yo no sano, yo me escapo.
Me lavo el pelo en el mediterráneo y el alma en el Río de la Plata.
Te lloro en una esquina desierta de Berlín y me lloro abajo de tres frazadas.
Me acaricio las piernas como si las caricias fueran de otros y siento fuego en las manos.
Fuego. Ya prendí fuego todos mis recuerdos.
Mil veces fuego. Mil veces rota. Mil veces ida.

extrañar

Del lat. extraneāre ‘tratar como a un extraño’.

1. tr. Sentir la novedad de algo que usamos, echando de menos lo que nos es habitual. No he dormido bien porque extrañaba la cama.

2. tr. Echar de menos a alguien o algo, sentir su falta. Lloraba el niño extrañando a sus padres.

3. tr. Desterrar a país extranjero. U. t. c. prnl.

4. tr. Ver u oír con admiración o extrañeza algo. U. m. c. prnl.

5. tr. Afear, reprender.

6. tr. p. us. Apartar, privar a alguien del trato y comunicación que se tenía con él. U. t. c. prnl.

7. tr. desus. Rehuir, esquivar.

8. prnl. Rehusarse, negarse a hacer una cosa.

 

 

 

La casa de Itzuaingó la heredó mi abuela Choli. Ituzaingó 195, que aunque no fue mi primera casa, es la primera casa que recuerdo.
La puerta estaba precedida por dos escalones de mármol y era marrón y de una madera gruesa. De chica me maravillaba que la puerta se cerrara sola sin necesidad de pasar llave.
Cuando entrabas estaba el living con unos sillones marrones que tuvimos por muchísimos años. En el centro de la habitación una mesa redonda, y una de las paredes era una puerta corrediza enorme de madera que separaba el living del garage.
La escalera hacia el piso de arriba era verde y al subir había un espejo frente al que me gustaba mucho bailar.
El pasamanos de la escalera era de madera y en el primer escalón no era sólo un pasamanos sino que tenía una tapa que al sacarla descubría lo que siempre sentí como mi escondite, mi lugar secreto. Nunca le dije a nadie de mi familia que ese hueco existía porque me gustaba pensarlo como un recoveco sólo mío. Hoy pienso en esa niña ingenua y me río: todos sabían que ahí era donde yo escondía las golosinas que papá me compraba en lo que yo creía que era secreto.
Arriba había tres cuartos. Uno era el mío, en él había dos camas pero yo dormía siempre sola. En la pared colgaba un cuadro de tela que leía un poema que hoy no me gusta:
Al perderte yo a ti,
tú y yo hemos perdido,
yo porque tu eras lo que yo más amaba
y tú porque yo era el que te amaba más,
pero de nosotros dos,
tu pierdes más que yo,
porque yo podré amar otra vez como te amaba a ti
pero a ti no te amarán
como te amaba yo”
Al lado de mi cuarto era el cuarto del abuelo. Todas las noches yo me acostaba en su cama y él me dejaba mirar dibujitos. Cuando me quedaba dormida, el abuelo me llevaba a mi cuarto para el otro día despertarme tempranito, cepillarme los dientes y llevarme a la escuela. En el cuarto de en frente dormía mi abuela.
Alguna vez les pregunté por qué dormían en cuartos separados, es que yo sabía que los padres de mis amigas dormían juntos en esas camas grandes que usaban los adultos. Me dijeron que era porque el abuelo miraba tele hasta tarde y a ella le molestaba. Pensé que qué raro, porque la abuela se dormía todas las noches con la tele prendida.
Años después, sentada en la hamaca verde del patio, la abuela pronunció las palabras que más me dolieron en la vida: “yo en realidad estuve toda mi vida enamorada de otro hombre”. No sé cuántos años pasaron, pero hasta hoy se me rompe el corazón de pensar en ese día, en ella y en su vida. Ese hombre se llamaba Elías Henaide, y ella tenía su nombre anotado en su calendario de cumpleaños de atrás de la puerta. 3 de diciembre de 1930 y algo. Durante toda mi infancia post-episodio sufría todo diciembre, no veía la hora de dar inicio a un nuevo año, que significaba que la abuela daría vuelta la página de su calendario, y Elías Henaide desaparecería otra vez por 11 meses, para siempre otra vez volver, diciembre tras diciembre, año tras año.
A mi abuela le coartaron la posibilidad del amor verdadero, y ese fue un dolor que la acompañó hasta el día de su muerte.
Yo no estuve cuando mi abuela se murió. Estaba sentada en un puente de Venecia cuando leí sse mensaje que decía “ya está”.
Eso fue su muerte, ya está, como un trámite, como un final esperado.
Lloré y Jaco me abrazó y me dijo lo que decimos todos cuando un abuelo se muere: “era lo mejor, ya estaba grande”. Pero yo no lloraba por su muerte, yo lloraba por su vida.