Yo a la muerte no le tengo miedo. No tengo miedo de estar muerta ahora ni de estar muerta mañana, ni siquiera tengo miedo de que se mueran las personas que conozco, confío en que incluso la muerte que pueda llegar a ser dolorosa es menos dolorosa que muchas cosas que pasan viva.
Incluso a veces quiero estar muerta, pero ojo, no quiero morir, son dos cosas distintas, jamás anhelé morirme ni fantaseo con un suicidio. Ni siquiera deseo estar muerta en realidad, porque si estoy muerta me da pena por los que están vivos. Lo que yo quiero, a veces, es no existir, que sin que nada pase yo simplemente no exista, que mi existencia completa desaparezca, que no sea nada, que no duela, que no viva.
Hace un par de meses tomando un vino con un amigo e el balcón de mi casa manejábamos estos planes. Ambos estábamos de acuerdo en que preferiríamos, al menos ese día y en se momento, no existir. Manejábamos las distintas formas de estar muertos sin tener que morir, porque morir es complicado, y seguro si un día decido morir, al final me cago y no me muero nada. Era 30 de diciembre y los dos hacíamos esfuerzos inútiles por alentar al otro: «pero amigo, vos tenés que disfrutar, estás haciendo lo que te gusta, vivís en Barcelona, dentro de dos exámenes tenés un master y te estás cogiendo a la gallega que te tenía loco dese marzo». Y entonces el otro se defendía como podía de ese ataque a la desgracia: «sí, mucho máster mucho máster pero ni me gusta mi carrera. Y la gallega, yo qué sé, cogemos bien, pero aunque intento no la quiero y yo lo que quería era quererla».
¿Es cosa de nuestra generación esto del inconformismo? Mucho más miedo le tengo a la vida que a la muerte en realidad. A vivir por inercia, a la mediocridad de amar poco, y la tortura de no hacer nada, de no dejar nada, de que mi legajo a este mundo sean estos pocos cuadernos rayados y los 45 vestiditos floreados que acumulo desde hace 10 veranos. Este año engordé 8 kilos y los vestiditos ya ni me entran, sin embargo ahí los tengo, entre la ropa que me llevo en mi próxima mudanza, como si soltar eso fuera soltar lo que soy. Igual ya era, transformo este escrito, mediante estas pobres palabras, en una especie de testamento de la que fui hasta hoy, porque un poco quiero ser otra, y en este testamento dejo por escrito, que voy a tirar toda esa ropa que no me entra, y que voy a abandonar todos los moldes en los que yo sola me metí, y voy a heredarle a la nueva yo el permiso de desarmarse y armarse de nuevo de cero, sin culpas, si prejuicios, sin juicios de valor.
Capaz morir también puede ser eso, morir viva para nacer nueva.

De mañana estás siempre más irritable. Cuando tenés alergia te tocás la nariz. Cuando sonerís mirás para abajo. Cuando en un grupo de gente estás contando una anécdota me mirás solamente a mí. De nuestro siempre es que quieras hablar hasta quedarnos dormidos y que si no te abrazo me pidas que te abrace. Que a veces llegues a tu cama después que yo es un bastante nuevo, y a veces sin querer decirle “nuestra” es tan nuevo que todavía ni existe, aunque un poco sí, porque a quién le importa de quién sea la cama, lo que importa es con quién se comparta.
De siempre son los besos y las caricias y los abrazos porque sí en el medio del living. De siempre es abrazarte mientras te cepillás los dientes y de siempre es que me mires y me digas un poco con los ojos pero mucho más con palabras lo que estás sintiendo. Aprendo de vos todos los días. De siempre es sentarnos en el sillón agarrados de la mano y de siempre supersiempre es tener a molleja ronroneando entre nosotros y nuevo es que me ames.

Sin perturbar tu paz
te invoco
alma viva de cuerpo muerto

Tus manos frías
tus labios blancos
pecho flaco
ojos dormidos

Sin llorarte
te invoco
mi corazón hecho carne
tu corazón hecho huesos

Te despedí cuatro veces
desde el último arrebol
a tu cuerpo viejo y muerto

Te despedí
para siempre
te
despedí
para
nunca

Me desperté con fiebre y todo lo que pasaba a mi alrededor parecía un sueño. Con todas mis fuerzas me levanté de la cama y me arrastré con las piernas pesadas para abrirle la puerta a la gata. La gata maullaba pero no vino. Volví a la cama y me dejé caer con todo el peso de mi cuerpo y respiré entrecortado e intenté abrir los ojos y no pude y comprobé que fue la fiebre y no yo, y que entonces nunca me levanté a abrirle la puerta a la gata que todavía maullaba. Tengo frío pero estoy toda mojada y mi cuerpo transpirado se pega al colchón con la sábana corrida. La gata sigue maullando y no le puedo abrir. Creo que la gata grita. Abro los ojos, respiro, me levanto de a poco, esta vez yo, no la fiebre, y con los ojos mareados camino, me arrastro, abro la puerta y la dejo entrar. La gata corre y me muerde los pies y yo me dejo porque mi cuerpo débil no puede contra sus dientes fuertes. Vuelvo a la cama, busco el rincón de colchón que todavía está cubierto por la sábana blanca y me dejo caer, de nuevo, esta vez yo, no la fiebre, y espero. La gata sube a la cama y camina buscando el lugar para quedarse, amasa mis muslos y encuentra entre mis piernas un recoveco que la acuna. Yo no tengo recoveco, mi recoveco siempre son brazos y mi cuna su pecho. Montevideo está afuera pero no sé quién está adentro. Entra luz por la ventana y sale sangre de mi cuerpo, ¿dónde lloran los cuerpos cuando no tienen casa?

Pasé 5 años preguntándome cómo alguien podía despertarse de tan buen humor, cómo podías poner música antes de siquiera abrir los ojos, cómo te era imposible salir de la cama si no escuchabas algo bien fuerte, cómo hacías tus rutinas de la mañana escuchando The strokes o algún programa de la BBC. Me acuerdo de la vez que pasaste mil días despertándote con Hurra die Welt geht unter que hasta yo me la aprendí de memoria de sólo escucharla atravesar las puertas cerradas del baño y mi cuarto. Hace dos semanas que no puedo respirar muy bien, a veces pienso que estoy enferma pero después me acuerdo de que en realidad lo que estoy es triste. A veces también me olvido, porque ya hace más de un año que es como si no existieras, y un poco me acostumbré, un poco aprendí a llegar a una casa que no es la nuestra y saber que la soledad no se termina en un rato cuando llegues y te acuestes en mi cama a contarme cómo fue tu día. Ahora todos los días pongo play a lo que sea que diga spotify que estás escuchando y pienso en qué andarás, con quién, quiénes son tus nuevos amigos y a quién llamás cuando la vida te colapsa.

Las mujeres que somos nacieron juntas, se conocieron dos que se transformaron en otras y esas otras son en gran parte gracias a haber sido de a dos; ese apartamento en Dulsberg fue el útero que nos crió y aunque fui yo quien estiró el cordón umbilical vos lo cortaste y con eso yo me morí un poquito. Tengo el corazón todo roto y me duelen los dedos de ya no moverlos para contarte todo lo que me pasa. Extraño saberte y que me sepas y quisiera poder decirte con abrazos cuánto me alegran tus victorias.

Espero que algún día el tiempo nos devuelva lo que fuimos y que mi vida algún día vuelva a ser un poco contigo.

Son las 2 de la mañana y una angustia que me ahoga no me deja dormir. Intento descifrar qué es lo que me duele y hago un recorrido por todas las horas de mi día, después de mi semana, y como sigo sin respuestas, de todo mi año. Pienso en todos mis ex, en mis abuelos muertos, en las amigas que ya no tengo y en los gatos que perdí. Pienso en todos los libros que dejé en una caja en Hamburgo y en los que regalé en Venecia porque ya no tenía lugar en la valija. Pienso en Venecia, en la noche aquella que caminé 35 cuadras para mentir que me quería ir. Pienso en la casa en la que pienso cuando pienso en mi casa, y pienso en que mi casa tendría que ser siempre la actual, pero mi casa sigue siendo aquella otra aunque ya no esté ni yo ni ninguno de nosotros. Pienso en el futuro, en la valija negra y la mochila azul y en dos pares de championes y unas chinelas y cuál cámara y cuál cuaderno y cuál ciudad y en dónde haré escala y en acordarme de pedir ventana y en que capaz que las reservas las tengo que hacer para dos y sigo sin poder dormir y entonces siento un dolor en la parte baja de mi panza y me recuerdo mujer y entiendo que esta debilidad es fortaleza y me quedo dormida abrazada a mí misma.

Las de este idioma, las de los otros, las que leo y las que escribo, las mías y las que escucho. Las pierdo, me pierden. A veces soy muda, escucho tu risa y callo, escucho tu canto y callo. Quiero hablar y mi garganta se paraliza, quiero querer y mi pecho estalla. Soy de hierro, me derrito. A veces es viernes y a veces domingo, dudo, duermo, abrazo, espero.