El polvo y el humo de los últimos bombardeos no me dejan ver mi casa, ¿qué es esa luz que resbala por la ventana?, ¿qué es esta cosa incorpórea que me arrastra a lo profundo? Nadie puede ir más allá de los trigales, corro rápido y las ramas me arañan, veo la sangre secarse en mis piernas. Mientras mi carne se vuelve negra y tiembla en mi mano la granada, miro lejos y siento el río mojar mi espalda y la espuma que hierve entre tus manos. No sabés que tengo frío y que en tus huesos mi casa, que te busco entredormida y te encuentro entre lo extraño, que ya no estás ya no sos, cae la noche y no te veo y otro ruido me despierta y revientan en la cama las vísceras que me quedan: esto es la guerra y yo no vine preparada.

Me comí todas las uñas porque pense que ya no me querías. Lloré de 3 a 6 mientras tragaba mis lágrimas sentada frente al espejo.

Pero el tiempo no perdona y la ciudad se mueve abajo. Cuando lo ajeno se apodera de mi cuerpo y siento que ya no siento, los ruidos de los autos y los gritos de la gente me recuerdan que estoy viva. Apoyo la punta de mi pie y dejo que toda mi pierna tiemble, que tome el control y se mueva mi rodilla. Pesan a veces las piedras en mi mano y me sacudo para liberarme.

¿Quiénes somos en esta dimensión de formalidades?

¿Qué será mañana de los que fuimos entonces?

Siento el fuego en la cama

y quiero salir disparada

callo un grito de lujuria

silencio lúgubre

del tiempo y sus fulgores.

Un rayo de misterio recorre

el pasillo

de este cuarto a tu entrepierna

un colchón que no conozco

vacío sobre mi cuerpo

siento

vacío en la piel que habito

cuando miro desde lejos

tus eternos ojos verdes.

Una fuerza me arrastra

y todo hombre es carnada

de un pasado irrepetible

y yo nado

y nada es río que lleva y arrastra

la que fui cuando fui joven.

«La catarsis no es un acto solitario, sino una experiencia compartida donde la purga del dolor personal ayuda a otros con su propia cruz». Juan Sklar

Nunca fui a un telo que no estuviera lleno y nunca terminé en otro lado que no fuera el asiento de atrás de un auto con las ventanas cerradas, muerta de calor e inhalando del vaho que desprenden dos cuerpos que se rozan y se chocan e intentan encajar en el tetris engorroso que es coger con un extraño. Y no digo extraño como de que no te conozco, digo extraño como

«adjetivo: dícese de una persona o de una cosa que es ajena a la naturaleza o condición de otra de la cual forma parte«.

No soy de Montevideo, pero soy porque un día viví ahí y dije esta es mi casa, y me enamoré de vos en un apartamento en Cordón y sentí que tenía un hogar y que si algún día moría quería ser enterrada en el cementerio del Buceo, pero es casi imposible, porque morirse de por sí es caro, pero morirse y vivir muerto en el cementerio del Buceo es carísimo y al final que me importa donde viva cuando esté muerta si hasta viva he vivido en todos lados y nunca sé muy bien si quiero estar donde estoy.

Tengo 30 años y un extenso historial del corazón roto. Me desarmo como chicle y pienso que no estás si no te busco. Te mentí que no me acuerdo bien de aquel verano en el que fuimos Montevideo y todas sus calles, que fuimos de bar en bar, del Brecha hasta el Farolito y nos sentamos en las escaleras de la FADU y tomamos una birra caliente en la Varela. Que nunca fumé tanto porro ni comí tantos alfajores y te agarré siempre de la mano en el camino entre la calle y tu casa y una vez frené en una esquina y te mentí que no estaba preparada para tenerte tan rápido tan cerca y me subí a un 427 y ya en el camino supe que era mentira, que ya no había forma de estirar la distancia entre mi piel y tus dedos y no supe entonces como no sé hoy decirte: te mentí, no hay forma para mí de ser sin ser una con el que fuiste ese verano.

Entre los pliegues encuentro escombros y dejo que las sábanas me domestiquen. Me relamo como un gato y me estiro y siento el crujir de mis huesos. En el medio del pecho un cuenco donde reposan cenizas, el verano a la noche se enfría y yo tejo caricias con mis piernas como arañas. Me regocijo en la lentitud del momento y entonces entiendo el silencio, el óxido en la boca, la tensión en nuestros cuerpos. Veo la ira en los otros, las piedras en sus bolsillos, y yo, mientras tanto, amaso este amor y se derriten el tiempo y las dudas, y yo, difusa, sin límites, peleo con la memoria e intento quemar la herida.
Quiero mostrar el secreto, la explosión que borbotea en mis adentros: la de una bestia salvaje, la de un deseo ancestral. Me muevo por la casa y echo raíces, siento temblar los cimientos, me absorbe la tierra firme y mis tobillos cada vez más flacos se afirman al nuevo suelo. Hasta acá me traje yo y es acá donde me quedo.

Hoy vi la nada transformarse en casa y la casa transformarse en todo y sentí cómo algo adentro mío se expandía.
¿Quién vivió aquel invierno triste y gris si no fui yo? Pasé meses siendo otra, una yo que ya no entiendo y a la que ya no quiere nadie.
En esta casa nazco nueva, camino descalza y me acuesto en los rincones para amoldar mi cuerpo a la forma de un hogar que está emergiendo. Me emociona pensar en mañana que será la primera mañana en que escriba sentada en mi escritorio nuevo en mi silla nueva en el cuaderno nuevo que llevará el nombre de esta casa. Los diarios son mi piel y habito más palabras que deseos y más deseos que temores. Es necesario a veces el silencio y abrazar la nostalgia, perderle el miedo a saber a los otros lejos, las distancias son largas pero nunca son eternas. Siempre tendremos la promesa del reencuentro y no hay tiempo que no aguante lo que lo estire la vida. Me presento: soy yo pero libre, fuerte, viva.

Tengo una casa vacía: un cuarto propio. El limbo ya no es tan limbo y el espacio que habito se vuelve infinito. No tengo sillas pero el piso me sostiene. Me acuesto con la panza desnuda en la madera fría, siento el sol calentándome la espalda y con la mano ya cansada escribo en la primera hoja del último cuaderno que me regalaron: la nostalgia tiene olor a café y está finita mi alma. Todo lo que toco se convierte en poema y los días se hacen más largos y me empujo a mí misma a un pecho medio abierto que todavía un poco sangra aunque yo sangre no veo. La memoria no justifica ningún llanto y me acerco y me alejo sin un plan y mis dedos son como gusanos que revuelven mis entrañas mientras todo lo que toco se convierte en vos y yo y ayer y nunca más

Un puñal atraviesa mi garganta, hay un túnel entre mi nuca y mi cuello y como con un telescopio puedo ver lo que pasa entre mi pecho y el tuyo. Camilo me dice que pare, que no hace falta el suplicio, que no me aferre al pasado y que tome más agua. Ayer vio morir a su abuelo por videollamada y yo apenas pude abrazarlo cuando ya era muy tarde. Vivir lejos tiene eso: nunca estás del todo en ningún lado.
Pienso en las despedidas que no son, en los abrazos que debo y los que no van a llegar nunca. ¿Cómo se envuelve lo que parecía eterno en un nunca más? Guardo todos los recuerdos que nos dimos. Mientras pongo la pasta en mi cepillo percibo que estás en todos lado y no hay sentido que no te evoque. Wir sind überall ein bisschen aber nirgends wirklich ganz.