Las de este idioma, las de los otros, las que leo y las que escribo, las mías y las que escucho. Las pierdo, me pierden. A veces soy muda, escucho tu risa y callo, escucho tu canto y callo. Quiero hablar y mi garganta se paraliza, quiero querer y mi pecho estalla. Soy de hierro, me derrito. A veces es viernes y a veces domingo, dudo, duermo, abrazo, espero.

Un día como hoy hace como 80 años nacía mi maravillosa abuela. La de las tortas de chocolate y las caricias, la de las pastillitas de miel y el superpoder de la memoria. Mi abuela Sonia Ethel, choli para mí, yo chinita para ella. Lo más triste de nuestra despedida es que no fue, yo la escuché morir desde mi teléfono empapado de lágrimas y ella ya no me escuchó llorar. Tengo sus manos tatuadas en mi piel, sus flores, sus pájaros, su voz y sus ojos de abuela mágica. Revolví todos los cajones con todas sus cosas buscando un poco de ella en cada foto, cada libro, cada bordado y objeto que sólo ella sabrá por qué guardaba. Ya antes me quedé con todas sus pinturas, esa fue mi herencia, su legado, cuando viva le dije abuela cuando te mueras yo quiero todas tus pinturas y esa medalla que tenés puesta. Las pinturas las metió en una bolsa enorme y me dijo llevalas y yo las llevé conmigo a mi casa en el otro lado del planeta. La cadena, sin embargo, la usó hasta el último día, cuando sus dedos ya eran tan flaquitos que se le caía la alianza. La niña que fui será para siempre en mis recuerdos con vos, cholita. 

Hace unos días esribí un mail larguísimo que al final dejé en borradores. No sé bien para quién era, porque empezó siendo para mi último novio pero en el camino el destinatario pasó a ser mi novio anterior y después fue para todas las mujeres del mundo. Hablabla sobre no sentirse suficiente para el otro, sobre autoestima y amor propio, sobre lo difícil que es encontrar el equilibrio entre descubrir que la otra persona es el ser más mágico en el puto planeta pero no morir de tristeza por pensar que entonces es demasiado bueno para vos, que estás toda rota y no sabés ni lo que querés, que comés poco y no tomás agua y no te gusta ninguna fruta de invierno.
Extraño a mis amigas las que aman como amo yo, todo mal, tratando de aprender a amar de nuevo, después de rompernos y romper a otros. Mal y mucho.
No sé, quien lea esto, si es que alguien lo lee, no tome muy en serio lo que escribo. Hay días en que siento mucho orgullo de mi forma de amar, ya lo he dicho, creo que si de algo en la vida puedo alardear es de mi capacidad de amar, y creo que de más nada, pero de eso seguro. Pero hay otros días, como hoy, en los que siento que hago todo mal, que lo de inventar amores no me va a servir para siempre y que algún día voy a levantarme en el cuarto de algún desconocido y me voy a dar cuenta de todo lo que hice mal hasta ahora. Hoy no estoy pensando mucho, estoy sintiendo sin pensar y transformando eso en golpes en el teclado. Yo qué sé, escribo para mí, para saberme mañana.

A veces pienso en la vulnerabilidad como un objeto. Es chiquito, lo sostengo entre mis manos, se resbala por mis dedos, tengo miedo de romperlo. Mis manos fuertes, poderosas, mis manos mías, que me tocan y abrazan y cuidan y queman. 

Mi abuelo que es un señor muy sensible que se emociona por cosas simples como el sabor de una comida o una nota musical me dijo que si yo fuera otra persona le gustaría mucho leer lo que escribo, pero que soy su nieta, y le cuesta desnudarme en la lectura. Y lo entiendo, porque en mi escritura me desnudo yo sola, no hace falta mucho más que tener mis palabras entre las manos para saberme entera.

Me tiembla el pulso y tengo el pelo mojado, siento los dedos flojos y débiles, me queda incómoda esta lapicera y me queda incómodo escribir sobre lo que me duele. Pero escribo igual, y lo comparto y espero a que alguien en el mundo me diga gracias por poner en palabras lo que tengo en el pecho, como yo le digo gracias a todas las poetas que me entregaron sus corazones en tanta poesía de amor desesperado. 

¿Cuántas veces ya habré escrito sobre escribir? Escribir me atraviesa y yo atravieso las palabras como puedo. 

Novecientos quince días esperando por otro, otra mano, otra piel, otra gota de sangre en las sábanas. En todas mis camas escombro de tierra, sudor, mugre y moho. Mil noches en silencio y mil gritos desahuciados. Mi cuerpo al fin se estremece con las caricias de un nadie, duermo mal y poco esquivando el contacto desconocido, enfriando el calor inútil de un no sé quién. Me despojo del placer conocido, de la forma natural, de los cuerpos en tetris y me abro en otras direcciones. Uno cruzó ríos, el otro cruza montañas, no estoy cerca, no estoy lejos, fluyo en gritos y susurros que no entiendo, soy, estoy, siento y me entrego, novecientos quince días después: más rápido, más lento, quieta, boom. 

Hoy revolví en tus recuerdos,
todas tus cajas
y tus cuadernos
las hojas sueltas
miles de cartas
mías
tuyas
de ella.

Hoy revolví mis escombros,
manos vacías,
voz en silencio.

Hoy me encontré entre tus cosas,
me supe tuya
ayer
hoy
siempre.

Takotsubo

Hoy el corazón se me rompió dos veces
una vez por mí
y una vez por todas

uno
se me rompió el corazón cuando me di cuenta, otra vez, de que nunca es para siempre
dos
se me rompió el corazón cuando me di cuenta de que yo soy mil mujeres

uno
otra vez estoy sola, siempre estoy sola, la única mano que me toca es la mano que te toca
te dejo ir como dejé ir otras veces
te dejo ir como me dejaron ir otras tantas

dos
ya no vuelvan, hermanas,
ya no lloren, ya no sufran
ya perdonen
a ustedes
a las otras
a mí