Todo placer es efímero y no hay partícula que no me haga pensar en vos. Veo manos y pienso en tu mano posada en mi rodilla mientras tus ojos verdes contemplan la sonrisa que dejaste rota cuando de tus labios dulces y carnosos salieron palabras tristes.
No sos mío y no soy tuya. Ni ahora ni nunca. ¿Cuánto nos queda por aprender? Pensé que ya sabíamos todo y hoy me di cuenta de que no sabemos nada.
Con vos se empieza siempre de cero.
No me llames, no me grites si te dejo en una esquina y pienso hasta acá llegamos, y me llamás, y me gritás, y escucho Ini a la distancia y tardo en decidir si te ignoro, si te miro, si me doy vuelta y corro hacia vos como corrí la última vez que escuché vení, volvé, que todavía nos queda mucha vida.
Escribo y pienso en tus dedos recorriendo rincones que ya recorrieron otros. Escribo y pienso en tus piernas sobre mis piernas y tu pecho transpirado.
Escribo y pienso: lo contrario al amor es el miedo.

La única vez que nos vimos yo estaba un poco preocupada, primero porque hacía mucho que no tenía una primera cita, pero sobre todo porque ya lo había puesto en el pedestal inalcanzable de los tipos que jamás van a interesarse por alguien como yo. Además de sus ojos verdes y sus brazos lampiños, me gustaba mucho su forma de escribir. Releí su poesía millones de veces, me aprendí su blog de memoria, escribí algunos de sus poemas en mi cuaderno, los leí en voz alta, se los leí a Camilo y alguna vez hasta lloré con la piel erizada. Muchas veces pensé en escribirle, pero nunca con una intención ulterior, sino simplemente para decirle lo mucho que admiraba su forma de plasmar sentimientos, pero al final tampoco nunca me animaba, hasta que un día, qué sé yo por qué, me animé. Le escribí exactamente esto: “che, sos increíble, hacés que escribir parezca fácil, te leo maravillada desde hace semanas, no pares nunca”.
¿Estás en Uruguay? me preguntó. “Sí”, le respondí. ¿Y estás para tomar una? “También”.
Estaba tratando de hacerme la que para mí era re normal que un tipo como él me invitara a salir. No entiendo cómo hice, le decía a mis amigas, para que este tipo me invite a salir. Lo más out of my league del mundo, seguro ni miró mis fotos, seguro se muere cuando se dé cuenta y tenga que sostener lo insostenible durante el tiempo que dura una cerveza en un vaso. Todos los días siguientes pensé que obvio no me iba a escribir más, y que si me escribía yo le iba a decir que al final no tenía tiempo. Pero me escribió, y junté fuerzas no sé de dónde y le dije que sí, cuando quieras, donde quieras, decime nomás y yo voy. Nos encontramos en alguna esquina de Pocitos y mientras decidíamos qué hacer y a dónde ir, terminamos comprando cosas en un super para comer y tomar en su living. Era simpático, era fácil charlar con él, pero yo todo el tiempo pensaba cómo puede ser que este pibe me haya invitado a salir a mí, pensaba que era una joda, como la vez que me invitaron a un cumpleaños y cuando llegué era mentira. No puedo decir que la estaba pasando mal, la estaba pasando raro, él no me hacía sentir incómoda, pero yo me sentía incómoda porque su presencia me hacía sentir chiquitita y fea. Un poeta talentoso y lindo. Y yo, ahí, queriendo estar a la altura de las circunstancias. A veces él me hablaba y yo ni siquiera lo escuchaba, intentaba captar más o menos de qué iba el tema para tratar de más o menos responderle con coherencia, hablamos un poco de Kerouac y creo que me especificó los distintos puntos de la Ruta 66. Yo sólo le dije que manejé varios kilómetros de esa ruta hace unos años y que todo el tiempo me sentía como un personaje en on the road.
No sé, de repente se paró y se puso frente a mí, con la pelvis a la altura de mi cara, y me agarró el pelo. Yo miré para arriba, lo miré a los ojos. Era realmente muy lindo, y él mismo se levantó la remera dejando ver unos abdominales perfectos. Me tocó la cara y yo me quedé quieta. Me tocó la boca y yo sólo lo miraba. Estábamos por chuponear y yo ahí con las piernas temblorosas. Entonces se bajó el pantalón, se bajó todo, y con la pija en la mano me dijo “bo, mirá que tengo novia”.

Un día llegué a casa y estaba Nacho llorando en el baño, era chiquitito, no sé cuántos años tendría, 2, 3, no mucho más. Lloraba, y tosía, y vomitaba. No sé qué tenía, pero vomitaba por enfermo, y lloraba por sufrir, y vomitaba por llorar. Seguro no era nada muy grave porque ni siquiera me acuerdo, pero lo que sí me acuerdo es que ese día me di cuenta de lo que es el amor. Yo lo miraba así, todo chiquito, sufriendo, y hubiera hecho cualquier cosa para que él se sintiera bien, lo abrazaba fuerte pero no era suficiente, quería cambiarle el lugar, quería sufrir yo y que no sufriera él. Así se debe sentir ser madre, pensé en aquel momento, y es también la idea que me quedó después de todos estos años.
Nacho es el niño más bueno y dulce que conozco. No creo que haya otro como él. Capaz eso piensan todas las hermanas, puede ser, pero yo estoy segura. No hablamos mucho, pero nos amamos, él piensa que yo soy la mejor hermana del mundo y yo que vivo del otro lado del mundo y a veces desaparezco por semanas igual pienso lo mismo, porque qué mejor que amarlo con todo mi corazón, desde el día que me enteré de que Elena estaba embarazada hasta el día que me muera, o más allá, quién sabe.
Hoy cumple 10 años, eso significa que hace dos tercios de su vida que ya no vivimos juntos. A veces quisiera que fuera otra vez así de chiquitito. Qué fortuna ser hermana mayor.

Hoy en el trabajo tuve que hacer un curso antincendio. Cuatro horas escuchando todo lo que se puede decir sobre el fuego y cómo no morir quemado. Siempre me costó mucho concentrarme, mi cabeza es mucho más poderosa que mis oídos, así que todo el tiempo me descubro pensando en otras cosas. De todas las cosas que pensé hoy, hubo una que me tuvo distraída por mucho rato: ¿qué salvaría de mi casa si mi casa se prendiera fuego?
Lo primero que quiero llevarme conmigo son todos mis libros ya leídos, porque para mí leer un libro más que leer es escribir, dibujar, rayar y subrayar. Mis libros recién se transforman en mis libros después de que los leo. A los libros los cambio, los tacho, los rompo, los reescribo, me meto en las manos de los artistas, en el alma de los poetas, me transformo yo en poeta y escritora aunque sea por un ratito.

A mi mudanza número 15 no me traje mis libros. Dejé 8 cajas llenas en un sótano de Hamburgo, y tuve que hacer una triste selección de los pocos que entraban en mi valija. Fueron 11, que seleccioné con esmero y dolorcito, y no digo dolor porque dolor es otra cosa. Dolor es leer a Idea cuando tenés el corazón roto, por ejemplo. Dolor es encontrar papelitos viejos entre medio de los libros ya leídos. Dolor es amar poema.
Estoy sentada en mi escritorio escribiendo esto en mi cuaderno, con la ventana al balcón abierta y entra una brisa que me vuela el pelo y el vestido también negro. Me veo la bombacha y pienso en lo lindo que es el verano y las pocas ganas que tengo de estar vestida. Me desvisto.
Me pregunto si hay gente que siente menos, digo, ¿todos sienten tanto como yo? Porque yo siento que siento mucho, demasiado. Sentir tanto cansa, pero peor es no sentir nada. No quiero llevar un diario de dolor. Ojalá esto sea sólo SPM.

 

A Camilo lo conocí hace muchos años, el mismo día que conocí el amor. El cerebro casi me explota cuando me puse a pensar en buenos recuerdos que tengamos juntos, hay infinitos: lo borrachos de Elephant en el Schlagermove de 2012. Las caminatas eternas por París, estar sentados en jardines gigantes y miniatura, y gigante y miniatura, y de todos colores, rosado, verde, amarillo, neón, copos de nieve, fractales y risas. El barrio hippie mágico y la sopa en el invernadero. Los viajes a Ámsterdam, que no se acaben nunca. Compartir las pasiones: escribir, y leerte en voz alta y que me leas y que escribas y me leas. Poder arrastrarte conmigo a clases de teatro, actuar juntos, filmar cortos, tus guiones, ser tu actriz, chuponear frente a una cámara, nunca más, Cami, nunca más. Festivales de cine, ver contigo y en un cine enorme de Berlín la película más linda que vi en mi vida. Los mates en la biblioteca. Ganarte al ping pong. Comer tus arepas y tu ajiaco y cocinarte la mejor lasagna del mundo. Recomendarnos libros, presentarte autores y que me presentes poetas nadaístas. Que me leas en voz alta el poema más lindo que supo escribir Arango. Haber vivido juntos tanto tiempo sin en realidad haber vivido juntos nunca. Las miles de noches en tu cama y en la mía, mirando películas, tomando vino y riéndonos como locos después de un par de pitadas. Todos los proyectos que dejamos por la mitad. Todas las veces que me escuchaste llorar y gritar de dolor infinito. Que juegues siempre conmigo.
Agradezco la tranquilidad que me da saber que aunque ya no te tenga a 200 pasos de casa vos siempre estás ahí, que me conozcas de todas las formas, rota y muerta y viva.
El honor de ser tu amiga, y la certeza de que nos tenemos para siempre. La adultez es cosa seria, algún día nos vamos a morir y yo nunca te había dicho todo lo que te quiero.
Ini es lava, pero ya no aguanto más hasta mañana y ese abrazo. Mañana llega mi amigo del alma a visitarme. Soy feliz.

Esa lágrima es tuya, salió de mis ojos, pero es tuya. Lloro por varias razones y vos las conocés todas. Lloro porque me escribís una carta en español, lloro porque mientras lees un cuento de mi libro preferido te sentás a hacerme un dibujo, otra vez. Lloro porque 3 meses parecen una eternidad cuando estás tan lejos. Lloro por la fortuna de tenerte, y de que seas y yo sea y seamos como siempre, siempre. Lloro porque me horneás una lata llena de mis -tus- galletitas preferidas.
Lloro porque soy yo, nube gris.