Un día como hoy hace como 80 años nacía mi maravillosa abuela. La de las tortas de chocolate y las caricias, la de las pastillitas de miel y el superpoder de la memoria. Mi abuela Sonia Ethel, choli para mí, yo chinita para ella. Lo más triste de nuestra despedida es que no fue, yo la escuché morir desde mi teléfono empapado de lágrimas y ella ya no me escuchó llorar. Tengo sus manos tatuadas en mi piel, sus flores, sus pájaros, su voz y sus ojos de abuela mágica. Revolví todos los cajones con todas sus cosas buscando un poco de ella en cada foto, cada libro, cada bordado y objeto que sólo ella sabrá por qué guardaba. Ya antes me quedé con todas sus pinturas, esa fue mi herencia, su legado, cuando viva le dije abuela cuando te mueras yo quiero todas tus pinturas y esa medalla que tenés puesta. Las pinturas las metió en una bolsa enorme y me dijo llevalas y yo las llevé conmigo a mi casa en el otro lado del planeta. La cadena, sin embargo, la usó hasta el último día, cuando sus dedos ya eran tan flaquitos que se le caía la alianza. La niña que fui será para siempre en mis recuerdos con vos, cholita. 

Cuento los días sentada en el sillón, leo un libro entero sin prestarle atención, Netflix me pregunta «¿Todavía sigues ahí?», y yo sigo ahí, un episodio atrás del otro. Es la calma que antecede a la tormenta. Mi cuarto todavía entero antes de que lo empiece a romper de a poco. Libros en una caja, el florero con el que me mudo desde hace 7 casas, las plantas que me traje de la casa que rompí en Hamburgo como si cuidar las plantas enmendara mis errores. Regalo mi ropa, tiro los dibujos que ya no quiero, abro y cierro los cajones aceptando que otra vez voy a tener que dejar cosas. Miro el reloj, cuento los días, me desvelo, leo otro libro pensando en otra cosa, otro episodio, llueve. Manejo 400 kilómetros, duermo en la casa de mis padres y aunque desde hace 10 años nunca pasé ahí más de 3 noches seguidas otra vez respiro aire a despedida. Duermo en sábanas con olor a suavizante. Duermo con el gato de esta casa que no es mío ni me conoce ni me quiere ni me pide que lo acaricie antes de dormir. Acá cerca están todos mis amigos y aunque tengo ganas de quedarme leyendo me visto y voy a comer las últimas pizzas y hablar a los gritos por última vez hasta quién sabe cuándo. Cuándo es que te vas preguntan mis amigos y prometen visitarme. Quiero que el tiempo pase rápido y lento, qué contradicción, quiero estar cerca de otro mar pero abajo de este cielo. Mi cuerpo partido hace tanto tiempo en dos, en tres, ¿en cuatro? ¿Cuántas veces es capaz de dividirse una persona?