Aquella ciudad era pura poesía, poesía y jóvenes, poesía y nosotros dos jóvenes.

Me busqué mucho en todas partes, me busqué en la Alexanderplatz y me busqué entre tus piernas.
Me busqué sola en una terraza de camino al desierto de Marruecos y me busqué entre lágrimas y descalza sobre la moquete de una mezquita de Estambul.
Me busqué en una carpa en una playa bajo el sol radiante de las 10 de la mañana y me busqué en una tormenta de nieve en Polonia.
Me busqué en la ruta 66 y en aquel lago de México con el agua más transparente que vi en mi vida.
Me busqué en mil poemas, en las palabras de otros y en todas las pinturas de todos los museos.
Me busqué en la muerte de los vivos que más quise y me busqué en la panza de mi madre.
Perdida en este mundo y esta vida y en las otras, perdida en mi pasado, y en todos los caminos que pisé, me pierdo entre tus dedos y cuando demoro 13 días y 4 horas en responderte un mensaje pidiéndote perdón.

Un domingo te levantaste tan temprano que me enojé, me quisiste decir algo y yo balbuceé salí dejame y metí la cabeza lo más adentro que puede uno meterse a una almohada.
Te escuché salir y me volví a dormir hasta que me despertó el ruido de sartenes y el olor a panqueques. Habías ido al parque a buscar podagrarias para hacerme panqueques de flores un domingo a las 8 de la mañana y yo te había negado un beso de nos vemos en un ratito. Me subí a la mesada para abrazarte fuerte y envolvente entre mis piernas y mojarte el hombro con una lágrima de amor eterno.

Hace días que pienso en vos apenas pongo un pie en la ducha. Debe de ser por el cráter del jabón en barra. Me acuerdo del día que hiciste pis mientras nos bañábamos juntos. Esa fue sólo la excusa para no bañarme contigo nunca más, pero la realidad era que a vos te gustaba bañarte con agua muy fría y a mí con agua muy caliente.
Perdón que no te he respondido el último mail, es que me queda más fácil hacer de cuenta que no te extraño. Cuando te lo responda te voy a contar que ahora vivo en una casa con piscina y que a veces voy de noche a nadar por abajo del agua con los ojos cerrados, y que otras noches salgo al balcón y miro el cielo y pienso que vos estás abajo del mismo cielo que yo pero del otro lado y tan lejos que de a poco me olvido de cómo era tu voz y de cómo arrastrabas la erre. También te voy a contar que a dos cuadras tengo la playa y que todavía no me animé a ir a caminar descalza cuando la arena ya esté fría. E incluso antes de que me lo preguntes te voy a responder que sigo sin tomar mate y pensando en vos cada 7 minutos.

Mañana es mi vuelo de vuelta. Tengo 15 horas para decidir si me subo a ese avión, si llego a la puerta de tu casa, si subo la escalera y te abrazo mientras seguro estarás de pijama y con un libro en la mano. Si te pido que sueltes el libro, que me abraces con los dos brazos, que así ya sabés que no me gusta, que me abraces fuerte, que me levantes y me lleves a tu cama, y me que abraces más, y que no llores, porque esta vez volví y me quedo. Me quedo porque sos vos y porque es contigo, y porque contigo somos nosotros.
Y pienso, y cada minuto que pasa es un minuto menos de vos, y un minuto menos de la que quiero ser contigo. Y aunque te pedí que no me pidas, que no me llames, que no esperes ni un poquito más de amor, hoy espero tu mensaje, como si esperara encontrar una vela perdida por alguna parte de mi casa en un día de apagón.
Don’t kill me please.
14 horas.
Todavía estás a tiempo.

casi chau

Esta fue mi casa número quince, y quince casas son un montón para 25 años. Es un promedio de un año y medio por casa, pero si algo aprendí en 25 años de vida -que es pila y es re poco-, es que el tiempo es relativo, que el amor más fuerte de los amores puede durar un día o mil y el sentimiento sigue siendo el mismo.
Mi año empezó siendo un final más que un principio, miré los fuegos artificiales de Venecia desde la azotea de mi trabajo con los ojos llenos de lágrimas y haciendo fuerza para no llorar, hasta que no hice más fuerza y lloré y me dejé abrazar y lloré un poco más. Me gustan los cambios, pero no por eso me dan menos miedo.
Callarse es mentir y hoy te mentí a los gritos, y te voy a mentir mañana, y el lunes, y el sábado cuando me sostengas las partes rotas en un último abrazo, y hasta siempre, mi amor.
Este final que ya empezó y ya casi se acaba termina en vos y por vos y conmigo.
Me sostengo como puedo con lo último que me queda del equilibrio que me dio saberme sola tantos años, me sostengo con la poca fuerza que me queda antes de caer rendida en los brazos de mi madre.

Mis cartas no son mías cuando las mando al viento, no son tuyas cuando las escribo en secreto, cuando las leo 4 veces antes de dormir y después lloro y sueño contigo. No son tuyas aunque ahí escriba tu nombre mil veces, aunque el papel tenga tu sello, aunque te pienso y te lloro y te imagino en futuros inventados y te ruego que me quieras con palabras disfrazadas. No me creas si te digo que no importa, que igual hablamos mañana, que ahora no tengo tiempo. Es el miedo que me ahoga, que me nubla, me enceguece. No me creas si te digo que no es nada, que es el sueño, que hace noches que no duermo por quedarme dibujando. No me creas si te digo estoy segura mientras te pido un café inventando una sonrisa. No me creas si te digo que te quiero pero más quiero el silencio.

Me da miedo que te olvides de mi nombre, de mi cara, de mis manos, de la forma de mi cintura cuando me acariciás despacito, del arco que hace mi espalda cuando me besás todo el cuerpo.
Me cierra el pecho saber que ya no me vas a mirar como me miraste aquella vez acostado boca arriba en la punta de mi cama mientras me hablabas de tus miedos y fracasos y yo sonreía y te decía el miedo es para cobardes y pensaba en que sos lo más lindo que vi en mi vida, que no tiene nada que ver, pero es tan cierto, y yo te miro hasta hoy como aquella primera vez a las 2 de la mañana, llena de dudas y de certezas, y te miro cuando no te das cuenta de que te estoy mirando, así me aprendo de memoria la forma de tus ojos, la curva de tus labios, el color de tu pelo, te miro tocarte la barba, pasarte la mano por el cuello, me aprendo todos tus gestos, y te miro, y tiemblo porque sé que nunca estuvimos tan lejos.