Un día llegué a casa y estaba Nacho llorando en el baño, era chiquitito, no sé cuántos años tendría, 2, 3, no mucho más. Lloraba, y tosía, y vomitaba. No sé qué tenía, pero vomitaba por enfermo, y lloraba por sufrir, y vomitaba por llorar. Seguro no era nada muy grave porque ni siquiera me acuerdo, pero lo que sí me acuerdo es que ese día me di cuenta de lo que es el amor. Yo lo miraba así, todo chiquito, sufriendo, y hubiera hecho cualquier cosa para que él se sintiera bien, lo abrazaba fuerte pero no era suficiente, quería cambiarle el lugar, quería sufrir yo y que no sufriera él. Así se debe sentir ser madre, pensé en aquel momento, y es también la idea que me quedó después de todos estos años.
Nacho es el niño más bueno y dulce que conozco. No creo que haya otro como él. Capaz eso piensan todas las hermanas, puede ser, pero yo estoy segura. No hablamos mucho, pero nos amamos, él piensa que yo soy la mejor hermana del mundo y yo que vivo del otro lado del mundo y a veces desaparezco por semanas igual pienso lo mismo, porque qué mejor que amarlo con todo mi corazón, desde el día que me enteré de que Elena estaba embarazada hasta el día que me muera, o más allá, quién sabe.
Hoy cumple 10 años, eso significa que hace dos tercios de su vida que ya no vivimos juntos. A veces quisiera que fuera otra vez así de chiquitito. Qué fortuna ser hermana mayor.

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