«Si muero te invito al sol alma mía y no olvides llevar tu cuerpo. Sufriremos felices y juntos seremos carne de luz en la memoria de dios. Y si no hay dios lo mismo da»
Leí a Arango durante meses con la sed de la escritura. Camilo me dedicó el libro con la fuerza salvaje que nos une, la pasión por unas poquitas mismas cosas. Lo leí en voz alta y para adentro y algunas noches intenté aprenderme su poesía de memoria. Mi dios es unir esta palabra con esta otra y que de repente y sin aviso mi cuerpo explote y la niñita que soñaba con ser buena se convierta en ave y vuele.
Los sueños que destroza la rutina, los otros que están siempre apurados. Quiero vivir libre y quiero dormir, apagar la alarma, bajar las persianas, olvidarme a veces que afuera es de día y que descansar no me dé culpa. Quiero también quedarme despierta hasta las dos de la mañana escribiendo estos delirios, que algunas veces siento mi sangre moverse por las venas, que con los ojos cerrados sigo el recorrido que hace entre mi corazón y mi cerebro, que escucho latir mi corazón y lo acompaño susurrando tutún, tutún, que me chupo las lágrimas saladas y sueño que estoy en el mar y las olas me mueven de acá para allá y me acuesto boca arriba y me siento flotar. Creo en mí y por esta noche no quiero creer en más nada.

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