La caminata se vuelve frágil, me muevo al ritmo de una melodía que no entiendo, intento calcular el tiempo y mi mente me recuerda que ya es tarde, ¿tarde para qué? ¿Arrepentirse? ¡Ja!-¡más! Aunque en mi caso ya dos veces. Leo un cartel que dice que en realidad nadie se muere y entonces en cada paso me figuro una nueva respuesta a la pregunta magna de la existencia toda ¿qué pasa después de la vida? ¿De qué sirve todo esto? Me pesan las piernas, sé que me hace falta el desayuno pero le pido a mi cuerpo que aguante hasta el mediodía. Lo engaño con un café, me siento despierta, saboreo la leche de almendras y las dos cucharadas de azúcar. Caen algunas gotas pero me alegro porque hace un rato me compré un paraguas. Busco un suelo seco y me siento, hay olor a lluvia y de repente y como nunca antes, me siento bien con el agua que me moja. Rodri tiene razón, mojarse no es para tanto. Esta ciudad no es muy poética pero para algo estoy yo.

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