Cierro los ojos y el tiempo que queda entre esta vida y la nueva se diluye. Mis piernas se derriten mientras imagino que salgo del tren y camino los 200 metros que me llevan al pasado, y parada frente a mi vieja casa respiro profundo y puedo sentir el olor a pan tostado y fruta recién cortada.
Busco una piedra blanca para dejar como tantas otras veces un mensaje escrito en el escalón, pero esta vez el mensaje es para mí: ich komme zurück.
La adrenalina calienta mi sangre y siento como mi interior burbujea, lleno mi pecho de aire y siento como mi corazón se expande y mis huesos aprietan.
La incertidumbre, los miedos, deseos, la ilusión de un nuevo hogar, la orfandad, las despedidas. ¿Habrá una última vez? ¿Seré dos, tres, cuatro para siempre?

«Desechada hace ya tiempo
y provista de nada

Sólo con viento con tiempo y con sones
que entre los hombres no sé vivir

Yo con la lengua alemana
envuelta en esta nube
que tengo como casa
floto a través de todas las lenguas»


Ingeborg Bachmann (1926-1973)

Mi cuerpo chiquito carga con todo mi ser, me acepto ínfima y prescindible, me saco una mochila que pesa todos estos años de preguntas sin respuestas, que los sueños, los propósitos, el esfuerzo o el destino.
La misma duda me quita el sueño todas las noches desde la primera vez que me hice huérfana.
Releo los mismos libros y lloro las mismas lágrimas.
Escribo un diario para entender mis procesos. Soy joven, libre, fuerte casi siempre y débil los domingos. En la lucha diaria entre el sueño y la vigilia me despierto en otro lado, otra casa, otra cama, otro amor.
Extraño a todos mis gatos, extraño a todos los gatos de todos mis amigos, extraño a todos los gatos que acaricié y a los gatos que no conozco. Mi pulsión es el cambio, el movimiento, el salto al vacío, aunque los años trajeron más miedos que osadía. Soy cada vez menos pájaro y más semilla, quiero volver a la tierra, meter las manos en el barro, perderme en un bosque y florecer, que el frío me queme los pies y las manos, usar gorros y bufandas, tomar té hirviendo a toda hora y nunca más sentirme sola. ⠀ 

Cuento los días sentada en el sillón, leo un libro entero sin prestarle atención, Netflix me pregunta «¿Todavía sigues ahí?», y yo sigo ahí, un episodio atrás del otro. Es la calma que antecede a la tormenta. Mi cuarto todavía entero antes de que lo empiece a romper de a poco. Libros en una caja, el florero con el que me mudo desde hace 7 casas, las plantas que me traje de la casa que rompí en Hamburgo como si cuidar las plantas enmendara mis errores. Regalo mi ropa, tiro los dibujos que ya no quiero, abro y cierro los cajones aceptando que otra vez voy a tener que dejar cosas. Miro el reloj, cuento los días, me desvelo, leo otro libro pensando en otra cosa, otro episodio, llueve. Manejo 400 kilómetros, duermo en la casa de mis padres y aunque desde hace 10 años nunca pasé ahí más de 3 noches seguidas otra vez respiro aire a despedida. Duermo en sábanas con olor a suavizante. Duermo con el gato de esta casa que no es mío ni me conoce ni me quiere ni me pide que lo acaricie antes de dormir. Acá cerca están todos mis amigos y aunque tengo ganas de quedarme leyendo me visto y voy a comer las últimas pizzas y hablar a los gritos por última vez hasta quién sabe cuándo. Cuándo es que te vas preguntan mis amigos y prometen visitarme. Quiero que el tiempo pase rápido y lento, qué contradicción, quiero estar cerca de otro mar pero abajo de este cielo. Mi cuerpo partido hace tanto tiempo en dos, en tres, ¿en cuatro? ¿Cuántas veces es capaz de dividirse una persona?

Abro los ojos y solo hay aire, bajo mis pies tierra y algo de mugre, estoy descalza y desnuda, mi piel áspera, peluda, sucia, los poros bien abiertos y los brazos cansados. No sé cuántas horas dormí, quizás fueron días, meses, años, una vida entera, quizás ya no soy. El aire huele a moho y el suelo tiembla. Otra vez volver a empezar, tengo miedo, sueño, hambre. El suelo tiembla, tiembla, yo tiemblo. De repente todo se va volviendo más oscuro y gira, el mundo gira, yo tiemblo. Me refriego los ojos y están llenos de polvo, todo a mi alrededor gira y yo me caigo.
La libertad me abruma y tengo miedo, soy dueña del mañana y tiemblo.

«Si muero te invito al sol alma mía y no olvides llevar tu cuerpo. Sufriremos felices y juntos seremos carne de luz en la memoria de dios. Y si no hay dios lo mismo da»
Leí a Arango durante meses con la sed de la escritura. Camilo me dedicó el libro con la fuerza salvaje que nos une, la pasión por unas poquitas mismas cosas. Lo leí en voz alta y para adentro y algunas noches intenté aprenderme su poesía de memoria. Mi dios es unir esta palabra con esta otra y que de repente y sin aviso mi cuerpo explote y la niñita que soñaba con ser buena se convierta en ave y vuele.
Los sueños que destroza la rutina, los otros que están siempre apurados. Quiero vivir libre y quiero dormir, apagar la alarma, bajar las persianas, olvidarme a veces que afuera es de día y que descansar no me dé culpa. Quiero también quedarme despierta hasta las dos de la mañana escribiendo estos delirios, que algunas veces siento mi sangre moverse por las venas, que con los ojos cerrados sigo el recorrido que hace entre mi corazón y mi cerebro, que escucho latir mi corazón y lo acompaño susurrando tutún, tutún, que me chupo las lágrimas saladas y sueño que estoy en el mar y las olas me mueven de acá para allá y me acuesto boca arriba y me siento flotar. Creo en mí y por esta noche no quiero creer en más nada.


Abro los ojos y lamo mi pelaje con la lengua áspera, afino el olfato y siento el olor a lluvia mezclada con tierra mezclada con troncos de árboles de los que no sé los nombres porque no sé ningún idioma ni ninguna palabra y ya no soy yo. Escarbo, corro, salto, entierro mis patas en el barro, muerdo los restos de otro animal muerto, busco algo de comida. Veo las aves atravesar el bosque de este a oeste y un rayo de sol se cuela entre las ramas, me quedo quieta y miro fijo hacia la luz inmensa e infinita, absorbo el calor de la mañana, la energía de un todo que desconozco me acelera. Mi respiración se acelera. Mi corazón se acelera. Doy otro salto, corro, cazo. Soy la loba de este bosque, a veces la pobre lobita, débil, solotaria y hambrienta, a veces jefa de todas las manadas.


te escucho gritar algunas noches
gritás que estás solo y yo lloro contigo
te levantás de madrugada y vas
al baño
a la cocina 
a nuestro sucucho del sótano
martillás
taladrás
armás un marco nuevo
pintás otro cuadro
subís

nacemos y morimos con cada rotación
en cada amanecer empezamos de cero
te miro 
con los ojos entreabiertos
atravesar la puerta
cerrar la puerta
te escucho
bajar la escalera 
abrir la puerta
cerrar la puerta
y pienso
¿será hoy el día en que nos amamos por última vez?

se hace la noche 
siempre
hace frío en berlín
impregno tu bufanda 
con el olor a mi perfume
como un gato mea en los rincones
marco mi territorio
y pienso
¿seremos también dos mañana al llegar la noche?

2015