Todavía no amanecía pero el ruido de no sé qué gato ya me había despertado. Hay tres que siempre vienen a mi patio, uno es negro y solo me mira de lejos, tiene los ojos amarillos y cuando me mira y ve que lo miro se queda quieto como una esfinge y me mira fijo. A veces nos quedamos los dos así por horas. Una vez le dije el primero en sacar la mirada pierde y perdí yo. Otro es gris con rayas negras y, aunque no sé si los pumas trepan, una vez lo vi trepar un árbol como si fuera un puma. El otro es medio amarillo y es el único que a veces entra a mi casa, recorre los muebles, se refriega en mi sillón, deja pelos blancos en mi cama y a veces me deja acariciarlo. El gris y el amarillo juegan, generalmente uno corre y el otro lo persigue y a veces se huelen el culo. Vienen a mi patio a buscar comida. Cuando llegan y no les dejé el plato de siempre se paran en el alfeizar y maúllan. Yo les dejo la comida y los miro comer. El amarillo y el gris se va turnando para meter la cabeza en el plato, y el negro sólo los mira. Yo al que más quiero es al negro. Me gusta su independencia, me gusta que no necesita de mi comida, ni la pide, ni la quiere. Me pregunto qué come y en dónde. No parece pasar hambre pero tampoco parece ser el gato de nadie. Me gusta pensarlo como un gato superior al resto de los gatos, y eso es mucho decir porque los gatos ya me parecen superiores al resto de las especies y este es el gato más gato de todos los gatos.

Fragmento de «Perdoname si no te disculpo»

Perdemos la cuenta de los días que vimos nuevos y las noches que morimos. Hago el esfuerzo y pienso ¿cuántos puentes caminé en la ciudad con más puentes del mundo? ¿Cientos? ¿Miles? ¿Todos? La llamo mi casa aunque no la piso hace 2 años. Llamo y corto tres veces porque sé que en realidad no sé qué decir y al final decido que no quiero decir nada. Termino mordiéndome siempre la misma uña. Me sangra el dedo y lo chupo y degusto el sabor de mi propia sangre. Mi sangre es dulce y es mía. Pienso en el té negro y en las sábanas revueltas los domingos todo el día, las mañanas con la radio y lo tibiecito que es sentirse entre otras piernas. El mundo es siempre nuevo y siempre nuestro y siempre nuestras las distancias y el olvido.

«Lo inesperado y lo inaudito son propios de este mundo. Sólo entonces la vida es completa.”
Carl G. Jung

día -6 

¿Cuántas vidas ya he vivido? Una bruja dijo más de 100 y yo digo por lo menos unas cuantas. Mi memoria me separa de la vida por venir, mis recuerdos se entremezclan y otra vez saboreo aires de cambio, la pulsión de lo flamante. De repente extraño los cafés recalentados y puedo sentir la tibieza en la palma de mi mano. Miro mi cuarto lleno de cajas y vacío de mí y pienso en las últimas noches. Tuve varias y todas tristes, los últimos abrazos, las últimas lágrimas, las últimas esperanzas de destrozados para siempres. Ayer Lilián me preguntó qué pasa con lo no dicho, y mi respuesta es que lo escribo.

Entran nuestros dos cuerpos enteros en la bañera, nos metemos sin agua y con ropa, damos vuelta el sentido de la vida. Camilo me pregunta si estoy cómoda y yo le respondo que siento como si ese espacio en el que estoy hubiera sido hecho especialmente para mí. Camilo se ríe, me dice que es imposible que me sienta cómoda, y me saca una foto como prueba de la deformidad de mi postura. Somos salvajes y libres y todavía jóvenes. Perdemos la noción del tiempo, nos amoldamos a la forma del otro y desvariamos. Hablamos de aquellos que nos rompieron y de aquellos a los que sin querer rompimos. No podemos hacer nada para evitar el sufrimiento-concluimos-, ni el nuestro, ni el ajeno. Nos reímos hasta que nos duele la cara y sentimos el calor del piso de mi baño. Sabemos que hay que salir pero no queremos irnos. Por un momento, efímero o eterno, encontramos un hogar: estamos en donde queremos estar.

Un montón de veces ya escribí sobre escribir. Puedo ser reiterativa, pero cuando escribo suele ser sobre lo que a mí me mueve, y a mí me mueve esto. Mil veces dudo y sufro y borro lo que comparto, porque también me pregunto ¿está bien compartir todo esto que me pasa? La vulnerabilidad muchas veces me asusta, me avergüenza. En estos pies de foto que escribo soy lo más honesta que he sabido ser en la vida. En mis palabras soy lo que siento y lo que siento deja de ser sólo mío cuando lo comparto.
El otro día leía este libro que en una parte dice «la catarsis no es un acto solitario, sino una experiencia compartida donde la purga del dolor personal ayuda a otros con su propia cruz». Y esto un poco me consuela, no pretendo ayudar a nadie, pero sé que leerse en las palabras de otras y otros muchas veces es como un abrazo invisible. No escribo para los otros. Escribo para mí, pero que otros me lean también es parte del proceso. 

Cuento los días sentada en el sillón, leo un libro entero sin prestarle atención, Netflix me pregunta «¿Todavía sigues ahí?», y yo sigo ahí, un episodio atrás del otro. Es la calma que antecede a la tormenta. Mi cuarto todavía entero antes de que lo empiece a romper de a poco. Libros en una caja, el florero con el que me mudo desde hace 7 casas, las plantas que me traje de la casa que rompí en Hamburgo como si cuidar las plantas enmendara mis errores. Regalo mi ropa, tiro los dibujos que ya no quiero, abro y cierro los cajones aceptando que otra vez voy a tener que dejar cosas. Miro el reloj, cuento los días, me desvelo, leo otro libro pensando en otra cosa, otro episodio, llueve. Manejo 400 kilómetros, duermo en la casa de mis padres y aunque desde hace 10 años nunca pasé ahí más de 3 noches seguidas otra vez respiro aire a despedida. Duermo en sábanas con olor a suavizante. Duermo con el gato de esta casa que no es mío ni me conoce ni me quiere ni me pide que lo acaricie antes de dormir. Acá cerca están todos mis amigos y aunque tengo ganas de quedarme leyendo me visto y voy a comer las últimas pizzas y hablar a los gritos por última vez hasta quién sabe cuándo. Cuándo es que te vas preguntan mis amigos y prometen visitarme. Quiero que el tiempo pase rápido y lento, qué contradicción, quiero estar cerca de otro mar pero abajo de este cielo. Mi cuerpo partido hace tanto en dos, en tres, ¿en cuatro? ¿Cuántas veces es capaz de dividirse una persona?

Estoy en una esquina del Raval intentando entender un mapa que me robé de una cafetería en la que no compré nada. Nunca aprendí dónde queda el norte y partiendo de ahí ya es muy difícil llegar a cualquier lado. Generalmente camino sin rumbo hasta encontrar un portal que me devuelva a la dimensión conocida, que normalmente se traduce en cualquier parada de subte de la misma línea de cualquiera sea el aposento que me esté alojando. Cuando ya casi estoy por darme por vencida se me acerca una gitana no mucho más alta que mi metro cincuenta. Con una mano sacude una latita y con la otra carga unas rosas tan marchitas que dan pena. Me mira, yo la miro, sonrío pero ella no sonríe, ni habla, ni nada. Solo sacude la lata que suena a que adentro tiene no más de tres monedas. Atino a alejarme pero ella da otro paso hacia mí, y entonces pienso que es muda, y pienso si tendré alguna moneda que la aleje de mí. Doblo el mapa, lo sostengo bajo mi axila, entre mi teta izquierda y mi axila, y reviso todos los recovecos de mi mochila, y entonces recuerdo que en el bolsillo de mi saco negro guardé el cambio de un paquete de chicles, meto los dedos por el agujero del bolsillo roto, y haciendo malabares con mi índice y mi dedo medio logro sacar una moneda de 50 centavos que tiro lo más suavemente posible a su lata, y entonces ella dice «mai s’arriba a cap lloc», yo sonrió, la ignoro, desdoblo mi mapa y ella repite «mai s’arriba a cap lloc». Ya me está molestando así que empiezo a caminar para alejarme de ella, pero ella insiste y camina lento y rengueando detrás de mí, gritando lo mismo cada vez más fuerte. Camino más rápido y agradezco que las calles del Raval sean como gigantes laberintos, lo cual es muy gracioso porque es de lo mismo que me quejaba minutos antes cuando no entendía el mapa. A lo lejos sigo escuchando «mai s’arriba a cap lloc» y me desesperan sus gritos y su eco y el eco que hacen esas 5 palabras en mi cabeza. Por última vez miro mi mapa, resoplo, acepto la derrota y lo tiro en una papelera de la que desbordan una cajita feliz y unas papas fritas bañadas en ketchup, y sigo caminando otra vez sin rumbo, porque total, tiene razón la gitana: nunca se llega a ningún lado