Me senté a esperarte mientras miraba las puertas corredizas abrirse una y otra vez sin dejarte salir a vos. Me levanté y caminé alrededor de las sillas, y perdí la cuenta de cuántas veces miré el reloj. Volví a comprobar que estaba en la terminal correcta y me senté, y me levanté, y caminé y miré las puertas corredizas abrirse una, y otra y otra vez, hasta que casi ya no tuve uñas que morderme y entonces te vi salir, buscándome con la mirada, y sonriendo a partir del momento en que me viste y viste que yo te vi.

Nerviosa y atolondrada te dije que si nos íbamos rápido alcanzábamos el siguiente tren que nos dejaba en la esquina de casa. Qué contás, Ini, me dijiste vos, y yo que cuando estoy nerviosa hablo mucho, te conté mucho. Creo que no te dejé hablar en todo el camino. Te pregunté qué tal tu vuelo, y antes de que me pudieras responder, te pregunté cuántos días te quedabas.

Me llevó un rato largo encontrar mis llaves en la mochila, que al final estaban en el bolsillo de mi campera, pero abrí la puerta, y te dije pasá, y vos entraste, y yo te seguí. Este es mi cuarto, te dije, dejá tus cosas donde quieras. Y te sacaste la mochila, y la tiraste en el piso, y ahí mismo mientras yo te miraba todavía con la llave en la mano me agarraste de la muñeca y me llevaste con fuerza hacia vos, y la otra mano me la pusiste en la cintura y me dijiste que qué ganas de hacer eso que tenías, y yo te dije ¿eso qué? y vos me besaste y me dijiste tocarte, y yo te dije tocame.

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