Mi abuelo jugaba conmigo a todos los juegos que yo quisiera jugar. Me insistía que tenía que ser de Nacional, y jugaba conmigo a todo.
Mi abuelo siempre tenía algo de qué hablar. Filosofaba todo el tiempo y casi siempre tenía razón.
Mi abuelo hablaba todo el tiempo de la importancia de ser feliz y no complicarse con pavadas. Una vez le dije que “si algo tiene solución para qué te preocupás, y si no tiene solución para qué te preocupás” y quedó consternado por haber escuchado esa frase recién de viejo.
Mi abuelo, cuando yo era chiquita y vivíamos juntos, inventó un juego. El juego consistía en esconderte de forma virtual mientras el otro te buscaba. Tenía dos versiones, una era la “Escondida virtual real” y la otra era la”Escondida virtual virtual”. En la primera versión sólo podías “esconderte” en los lugares en que efectivamente entrarías, como abajo de la cama o en el ropero. En la versión virtual virtual podías esconderte desde adentro de la lamparita de luz hasta abajo de la alfombra.
Mi abuelo y yo nos pasábamos horas jugando mientras él me acariciaba los brazos o el pelo. No tuvo hijas mujeres así que aprendió varias cosas conmigo.
Cuando estaba internado unos días antes de morirse, el médico intensivisa le comentó que iba a ser abuelo de una nena. Ese médico me contó a mí que mi abuelo le dijo “ahora vas a conocer el verdadero amor”. Yo lloré de feliz mientras el resto de mi familia asimilaba el informe médico de que mi abuelo al final se iba a morir.
Para ser honesta, la mayoría de los días ni me acuerdo de mi abuelo, porque la mayor parte de mí todavía no entendió el cambio, la ausencia, la eternidad rota. Pero hay días como hoy, en que lo extraño, lo abrazo, me escondo virtual virtual en su corazón. Para siempre, abuelo.

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