¿Quién dijo que la música no es poesía? No sé quién sos, no conozco tu cara ni sé cómo te llamás. No sé cuántos años tenés, ni sé qué fuiste a hacer a Dublín. Pero un día conocí tu voz. Escuché tu música y te escuché y se me erizó la piel de mis brazos tatuados.
Ya no sé cuántas veces te escuché una y otra vez repetir esa poema, esa canción, ese dolor. Una, dos, ocho, mil.
La primera vez fue en mi cama de mi cuarto de la casa de mi padre un día no tan frío de invierno, y la última fue hoy.
La escucho cuando me duele el alma y la escucho cuando estoy bien porque así también puedo escucharla sin sentir que me rompo en mil pedazos. ¿Cómo puede ser que el amor que siempre es para siempre siempre se acabe?

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