Cuento los días sentada en el sillón, leo un libro entero sin prestarle atención, Netflix me pregunta «¿Todavía sigues ahí?», y yo sigo ahí, un episodio atrás del otro. Es la calma que antecede a la tormenta. Mi cuarto todavía entero antes de que lo empiece a romper de a poco. Libros en una caja, el florero con el que me mudo desde hace 7 casas, las plantas que me traje de la casa que rompí en Hamburgo como si cuidar las plantas enmendara mis errores. Regalo mi ropa, tiro los dibujos que ya no quiero, abro y cierro los cajones aceptando que otra vez voy a tener que dejar cosas. Miro el reloj, cuento los días, me desvelo, leo otro libro pensando en otra cosa, otro episodio, llueve. Manejo 400 kilómetros, duermo en la casa de mis padres y aunque desde hace 10 años nunca pasé ahí más de 3 noches seguidas otra vez respiro aire a despedida. Duermo en sábanas con olor a suavizante. Duermo con el gato de esta casa que no es mío ni me conoce ni me quiere ni me pide que lo acaricie antes de dormir. Acá cerca están todos mis amigos y aunque tengo ganas de quedarme leyendo me visto y voy a comer las últimas pizzas y hablar a los gritos por última vez hasta quién sabe cuándo. Cuándo es que te vas preguntan mis amigos y prometen visitarme. Quiero que el tiempo pase rápido y lento, qué contradicción, quiero estar cerca de otro mar pero abajo de este cielo. Mi cuerpo partido hace tanto tiempo en dos, en tres, ¿en cuatro? ¿Cuántas veces es capaz de dividirse una persona?

Abro los ojos y solo hay aire, bajo mis pies tierra y algo de mugre, estoy descalza y desnuda, mi piel áspera, peluda, sucia, los poros bien abiertos y los brazos cansados. No sé cuántas horas dormí, quizás fueron días, meses, años, una vida entera, quizás ya no soy. El aire huele a moho y el suelo tiembla. Otra vez volver a empezar, tengo miedo, sueño, hambre. El suelo tiembla, tiembla, yo tiemblo. De repente todo se va volviendo más oscuro y gira, el mundo gira, yo tiemblo. Me refriego los ojos y están llenos de polvo, todo a mi alrededor gira y yo me caigo.
La libertad me abruma y tengo miedo, soy dueña del mañana y tiemblo.

«Si muero te invito al sol alma mía y no olvides llevar tu cuerpo. Sufriremos felices y juntos seremos carne de luz en la memoria de dios. Y si no hay dios lo mismo da»
Leí a Arango durante meses con la sed de la escritura. Camilo me dedicó el libro con la fuerza salvaje que nos une, la pasión por unas poquitas mismas cosas. Lo leí en voz alta y para adentro y algunas noches intenté aprenderme su poesía de memoria. Mi dios es unir esta palabra con esta otra y que de repente y sin aviso mi cuerpo explote y la niñita que soñaba con ser buena se convierta en ave y vuele.
Los sueños que destroza la rutina, los otros que están siempre apurados. Quiero vivir libre y quiero dormir, apagar la alarma, bajar las persianas, olvidarme a veces que afuera es de día y que descansar no me dé culpa. Quiero también quedarme despierta hasta las dos de la mañana escribiendo estos delirios, que algunas veces siento mi sangre moverse por las venas, que con los ojos cerrados sigo el recorrido que hace entre mi corazón y mi cerebro, que escucho latir mi corazón y lo acompaño susurrando tutún, tutún, que me chupo las lágrimas saladas y sueño que estoy en el mar y las olas me mueven de acá para allá y me acuesto boca arriba y me siento flotar. Creo en mí y por esta noche no quiero creer en más nada.


Abro los ojos y lamo mi pelaje con la lengua áspera, afino el olfato y siento el olor a lluvia mezclada con tierra mezclada con troncos de árboles de los que no sé los nombres porque no sé ningún idioma ni ninguna palabra y ya no soy yo. Escarbo, corro, salto, entierro mis patas en el barro, muerdo los restos de otro animal muerto, busco algo de comida. Veo las aves atravesar el bosque de este a oeste y un rayo de sol se cuela entre las ramas, me quedo quieta y miro fijo hacia la luz inmensa e infinita, absorbo el calor de la mañana, la energía de un todo que desconozco me acelera. Mi respiración se acelera. Mi corazón se acelera. Doy otro salto, corro, cazo. Soy la loba de este bosque, a veces la pobre lobita, débil, solotaria y hambrienta, a veces jefa de todas las manadas.


te escucho gritar algunas noches
gritás que estás solo y yo lloro contigo
te levantás de madrugada y vas
al baño
a la cocina 
a nuestro sucucho del sótano
martillás
taladrás
armás un marco nuevo
pintás otro cuadro
subís

nacemos y morimos con cada rotación
en cada amanecer empezamos de cero
te miro 
con los ojos entreabiertos
atravesar la puerta
cerrar la puerta
te escucho
bajar la escalera 
abrir la puerta
cerrar la puerta
y pienso
¿será hoy el día en que nos amamos por última vez?

se hace la noche 
siempre
hace frío en berlín
impregno tu bufanda 
con el olor a mi perfume
como un gato mea en los rincones
marco mi territorio
y pienso
¿seremos también dos mañana al llegar la noche?

2015

La caminata se vuelve frágil, me muevo al ritmo de una melodía que no entiendo, intento calcular el tiempo y mi mente me recuerda que ya es tarde, ¿tarde para qué? ¿Arrepentirse? ¡Ja!-¡más! Aunque en mi caso ya dos veces. Leo un cartel que dice que en realidad nadie se muere y entonces en cada paso me figuro una nueva respuesta a la pregunta magna de la existencia toda ¿qué pasa después de la vida? ¿De qué sirve todo esto? Me pesan las piernas, sé que me hace falta el desayuno pero le pido a mi cuerpo que aguante hasta el mediodía. Lo engaño con un café, me siento despierta, saboreo la leche de almendras y las dos cucharadas de azúcar. Caen algunas gotas pero me alegro porque hace un rato me compré un paraguas. Busco un suelo seco y me siento, hay olor a lluvia y de repente y como nunca antes, me siento bien con el agua que me moja. Rodri tiene razón, mojarse no es para tanto. Esta ciudad no es muy poética pero para algo estoy yo.


No me muevo con la linealidad del tiempo, lo mismo da si pasaron 10 días o 10 años, si fue ayer que leí el primer libro que me marcó la vida o cuándo fue que murieron los amores que aun merecen mi duelo. No pude incinerar la carga de pasado y aun llevo conmigo cadáveres de los años felices. A veces llega la noche y elijo quedarme dormida añorando los buenos recuerdos, incito a mi inconsciente a soñar como si fuera aquel ayer no tan lejano, cierro los ojos y me empiezo a imaginar mi cuarto en Dulsberg, pienso que la pared a mi derecha es roja y que el techo es un poco más bajo, que el piso está calentito y que mi mesa de luz está empotrada a la cabecera de mi cama. Sostengo mis frazadas con las dos manos a la altura de mi pecho y pienso que es mi acolchado con estampado de flores y me imagino a mis gatos caminándome por arriba. A veces tengo suerte y me quedo dormida en ese universo paralelo y entonces sueño con Esti o con Camilo, fumamos porro recostados a mi pared y nos engrasamos los dedos con doritos mientras charlamos sobre el por qué de la vida hasta quedarnos dormidos. Camilo siempre sonríe y Esti y yo siempre nos quejamos. Somos equilibrio y somos familia y aunque nos tenemos solo a nosotros en ese instante no necesitamos a nadie más.