A veces pienso en la vulnerabilidad como un objeto. Es chiquito, lo sostengo entre mis manos, se resbala por mis dedos, tengo miedo de romperlo. Mis manos fuertes, poderosas, mis manos mías, que me tocan y abrazan y cuidan y queman. 

Mi abuelo que es un señor muy sensible que se emociona por cosas simples como el sabor de una comida o una nota musical me dijo que si yo fuera otra persona le gustaría mucho leer lo que escribo, pero que soy su nieta, y le cuesta desnudarme en la lectura. Y lo entiendo, porque en mi escritura me desnudo yo sola, no hace falta mucho más que tener mis palabras entre las manos para saberme entera.

Me tiembla el pulso y tengo el pelo mojado, siento los dedos flojos y débiles, me queda incómoda esta lapicera y me queda incómodo escribir sobre lo que me duele. Pero escribo igual, y lo comparto y espero a que alguien en el mundo me diga gracias por poner en palabras lo que tengo en el pecho, como yo le digo gracias a todas las poetas que me entregaron sus corazones en tanta poesía de amor desesperado. 

¿Cuántas veces ya habré escrito sobre escribir? Escribir me atraviesa y yo atravieso las palabras como puedo. 

Novecientos quince días esperando por otro, otra mano, otra piel, otra gota de sangre en las sábanas. En todas mis camas escombro de tierra, sudor, mugre y moho. Mil noches en silencio y mil gritos desahuciados. Mi cuerpo al fin se estremece con las caricias de un nadie, duermo mal y poco esquivando el contacto desconocido, enfriando el calor inútil de un no sé quién. Me despojo del placer conocido, de la forma natural, de los cuerpos en tetris y me abro en otras direcciones. Uno cruzó ríos, el otro cruza montañas, no estoy cerca, no estoy lejos, fluyo en gritos y susurros que no entiendo, soy, estoy, siento y me entrego, novecientos quince días después: más rápido, más lento, quieta, boom. 

Takotsubo

Hoy el corazón se me rompió dos veces
una vez por mí
y una vez por todas

uno
se me rompió el corazón cuando me di cuenta, otra vez, de que nunca es para siempre
dos
se me rompió el corazón cuando me di cuenta de que yo soy mil mujeres

uno
otra vez estoy sola, siempre estoy sola, la única mano que me toca es la mano que te toca
te dejo ir como dejé ir otras veces
te dejo ir como me dejaron ir otras tantas

dos
ya no vuelvan, hermanas,
ya no lloren, ya no sufran
ya perdonen
a ustedes
a las otras
a mí

En 2014 yo recién había empezado facultad y había pegado tremenda onda con un grupito de compañeros. Éramos 8 y nos juntábamos todo el tiempo a hacer cosas. Al mes y medio de empezar las clases teníamos una semana de vacaciones de semana de pascua y a mí se me ocurrió que hiciéramos un viaje todos juntos. Me puse a buscar en internet y les empecé a pasar opciones de distintas islas de Grecia a nuestro grupo de WhatsApp. Todos estuvieron de acuerdo y yo me encargué de todo. Reservé hotel, un auto, y hasta compré los vuelos. Estudiábamos arte, así que pensamos que algo teníamos que hacer para justificar que además íbamos a faltar a clase un par de días, y juntamos nuestras mil cámaras y decidimos hacer un vídeo de todo el viaje. El vuelo salía desde el armero de Bremen, que nos quedaba como a 2 horas así que el día del viaje salimos tempranito en 2 autos. Cuando llegamos al aeropuerto y fuimos a hacer el check in, me di cuenta de que ayer, sin querer, había sacado mi cédula de la billetera, y nunca ando con el pasaporte cuando viajo dentro de Europa. Me desesperé un poco, hasta que me dijeron que la policía, que estaba en el piso de arriba, hacía pasaportes provisorios de emergencia para estos casos y costaban solamente €8. No tenía ningún documento con foto, así que una compañera tuvo que firmar un papel en donde confirmaba que yo era yo. Ya se nos hacía medio tarde así que bajamos corriendo y todos ya habían entrado, pero cuando llegué, los de la aerolínea me dijeron que no les servía porque solamente se podía viajar con un documento con foto. Lloré y peleé pero no me dejaron ir. Derrotada saqué mis cámaras de la mochila y se las di a mi compañera. El viaje era por 5 días y el siguiente vuelo a la isla era dentro de 3 así que ya no podía ni siguiera alcanzarlos después. Triste y enojada me fui a comprar pasajes para el tren que me llevaba de vuelta a casa y lo pagué con tarjeta ahí en la máquina. €26 costaba. Una vez en el tren empecé a llamar a Hernán y no me atendía. Lo llamé no sé, mil veces, pero nunca me atendió. Cuando pasó el guarda a contr par los boletos y le mostré el mío me dijo “pero esto no es el boleto, es el recibo de la tarjeta”. O sea que además del pasaporte al pedo y el boleto del tren, tuve que pagar una multa de €75 por estar viajando “sin pagar boleto”. Hernán seguía sin atenderme y yo necesitaba llorar, así que llamé a mi suegro, le conté toda la historia y me calmé bastante. Un rato después, al llegar a casa, mi suegro me volvió a llamar. Me dijo elijamos vuelos a cualquier lugar, que él nos regalaba los pasajes a los dos. Hernán me llamó ya habiendo hablado con el padre, y al otro día nos fuimos a Marruecos  

Si algún día me pierdo, ojalá sea en una nube, rodeada de agua que flota y seres que vuelan como vuelo yo cuando vuelo y cuando cierro los ojos y pienso en estos veintitantos años de vida y los miles de kilómetros recorridos, de un extremo a otro del planeta, cruzando tantos ríos de los que no conozco ni los nombres. Si algún día me pierdo, ojalá sea en un pedazo de tierra que todavía no conozca, rodeada de los desconocidos que son amigos después de la segunda cerveza hablando en alguna lengua de ambos y de ninguno. Si algún día me pierdo, ojalá sea buscando mi rincón favorito de la tierra, con mi mochila de pocos kilos pero mucha historia. Si algún día me pierdo, ojalá me encuentre la mano de algún compañero de aventura. 

Como en cada viaje, leo un libro atrás de otro, sin pausas. Tan es así que los límites entre una historia y otra se me difuminan. Me pasa siempre que leo más de un libro de un mismo autor, incluso me pasa cuando leo autores distintos que se me hacen similares. Por eso necesito una pausa después de este último. Necesito sentarme y escribir y no olvidarme ni de Sumire ni de Myû ni de K ni del amor verdadero.
La línea más clara que marca mi vida desde mi infancia y hasta el día de hoy son las palabras. Las mías y las de otros.
Sentada en una mesita de madera pienso y escribo. Cruzando la carretera está el mar caribe celeste en la orilla y más azul a medida que se acerca al horizonte. Sumire es una mujer joven que sueña con ser escritora. Escribe de desayuno, de almuerzo y de cena. Tanto escribe que a veces se olvida de comer. Yo cuando escribo me olvido de comer y del mundo. Cuando escribo me duele la mano y las palabras se forman en mí a una velocidad que mis dedos no alcanzan. Escribir y enamorarme es lo que mejor me sale. Escribir y amar. Amar y escribir.

La primera vez que viajé en avión tenía 8 años. Mi tía abuela, soltera, sin hijos, me había dicho que tenía un regalo para mí que tenía que ver con el mundo. Yo pensé que era un puzzle de un mapa, pero era un viaje a Chile. Fuimos a Santiago y de ahí a un crucero por  Puerto Montt, Puerto Varas, Frutillar y algo más por ahí. Ahí tuvo lugar mi primer acto heroico cuando le salvé los dedos a una gringa. Durante años mi familia contó con orgullo como yo con 8 años le grité al capitán chileno “¡sus dedos, sus dedos!” mientras la gringa gritaba “¡my fingers, my fingers!”, para avisarle que había atrapado los dedos de la mujer entre la lancha y un iceberg. Sus dedos efectivamente quedaron colgando hasta que los cocieron y todos los adultos del crucero me hacían sentir como si le hubiera salvado la vida. Podría decir que esa es mi primera historia de viajes, y que después de eso, pasé 10 años sin volar, pero nunca dejé de soñar con ese puzzle de mapa y con viajar por el mundo, quería hacer viajes largos, intecambios , vivir un tiempo en otro lugar. A los 18, ya habiendo aceptado que en casa no había plata para pagar ni un viaje ni un intercambio , decidí encontrar la manera de viajar sin plata y la encontré. Me fui con casi nada en los bolsillos y con una valija llena de libros en español por las dudas. Al final cumplí los sueños de aquella Ini que andaba fascinada entre icebergs del Pacífico y ahora sigo pensando en los sueños de esta Ini escribe acostada escuchando golpear las olas del Caribe.