Necesito un día de honestidad, para que las sábanas de esta cama sepan lo que realmente pasa.
Necesito honrar esta tristeza, la desdicha de saberme sola y débil en un mundo para los fuertes.
No está mal estar tan rota, no me culpo, ni te culpo. Nos rompimos juntos y nos amamos rotos.
Hoy no me quiero poner ropa, hoy no me voy a peinar ni me voy a cepillar los dientes. Voy a llorar abrazada a la almohada como antes lloré abrazada a tus piernas. Me arrodillo y lloro y me arrastro y grito. Grito en silencio, lloro a los gritos.
Llamo a tu madre y le pregunto cómo estás, y ella dice, la única que sabía eso eras vos, y yo hago como que me río con el teléfono empapado de lágrimas.
Llamo a tu abuela que dice tener miedo de morirse, y yo no le digo nada, pero yo también tengo miedo de que se muera y no estar para abrazarte.
Me dicen que las llame más seguido, que me extrañan, que todos me extrañan, y yo pienso, ¿me extrañás?
Llevo el pelo enmarañado como símbolo del amor que nos tuvimos. Guardo mil mails en borradores.
El mundo no es tan grande ni vos estás tan lejos, y yo no estoy tan viva ni vos estás tan muerto.

Mi madre dice que no le gusta cuando escribo así, de triste, de amor, del corazón roto, que le gustaba más cuando viajaba y escribía sobre mis viajes, cuando tenía aquel blog en donde relataba cómo casi perdía aviones o como me tomaba trenes hacia el lado equivocado y llegaba a una ciudad pensando que era otra. Incluso le gustó que escribiera aquella vez que dejé toda mi plata en una ciudad de Marruecos y me fui a otra a 400 kilómetros sin ni un peso ni una tarjeta ni un documento donde dijera que yo era yo, en un país en donde ni yo hablaba sus idiomas, ni ellos los míos. Y yo la entiendo, ahí era mucho más graciosa, pero también mucho menos honesta. Y es cierto que muchas veces escribo porque sí nomás, porque escribir me sale de los dedos como si fuera re fácil, pero en realidad para mí escribir es otra cosa. Escribir es poner el dolor en palabras, es aceptar que nací con una cosa que me acompaña desde que tengo memoria, y que me va a acompañar siempre, que es sentir mucho, pila, demasiado. Y me gusta sentir pila, creo que si no sintiera tanto no podría hacer las cosas que me hacen vivir como vivo, que me hacen ser yo, así, con mis mil contradicciones. A veces quisiera ser más común, no sé, tampoco es que me crea extraordinaria, pero a veces me da la sensación de que no logro explicarme, de que ni los que me conocen me conocen.

 

Cuántas veces me escapé, cuántas veces quemé todo pensando que así se olvida.
Cuántas veces empecé de nuevo, otra casa, otra cama, otro colchón sin huellas de ninguno.
Me lo dijeron muchas veces: no importa a dónde vayas, los dolores se van contigo.
Entonces yo no sano, yo me escapo.
Me lavo el pelo en el mediterráneo y el alma en el Río de la Plata.
Te lloro en una esquina desierta de Berlín y me lloro abajo de tres frazadas.
Me acaricio las piernas como si las caricias fueran de otros y siento fuego en las manos.
Fuego. Ya prendí fuego todos mis recuerdos.
Mil veces fuego. Mil veces rota. Mil veces ida.

extrañar

Del lat. extraneāre ‘tratar como a un extraño’.

1. tr. Sentir la novedad de algo que usamos, echando de menos lo que nos es habitual. No he dormido bien porque extrañaba la cama.

2. tr. Echar de menos a alguien o algo, sentir su falta. Lloraba el niño extrañando a sus padres.

3. tr. Desterrar a país extranjero. U. t. c. prnl.

4. tr. Ver u oír con admiración o extrañeza algo. U. m. c. prnl.

5. tr. Afear, reprender.

6. tr. p. us. Apartar, privar a alguien del trato y comunicación que se tenía con él. U. t. c. prnl.

7. tr. desus. Rehuir, esquivar.

8. prnl. Rehusarse, negarse a hacer una cosa.

 

 

 

Escribir tiene eso de que a veces siento una explosión adentro que necesita salir y se escapa por mis dedos entonces agarro la parte de atrás del boleto del bondi que me llevó a la esquina de tu casa en donde quisiste que habláramos abajo porque arriba te dan ganas de abrazarme y si me abrazás ya perdiste. Y ahí escribo todo lo que no te dije ese último sábado y que me está apretando el corazón desde aquella vez que hablamos por teléfono y me dijiste que vos querías saber todo y yo te dije que el todo era todo mío y yo no era nada tuya.

Escribo porque cuando no escribo me sangran las manos y me explota algo adentro. Escribo porque es mi forma de tenerte.
Te escribo y te invento. Mis palabras son la magia que nosotros nunca fuimos.

Hoy me senté abajo de la ducha y me quedé dormida. Sentada con las piernas cruzadas y recostada contra la pared soñé contigo pero un tigo que no eras vos y un mundo que no era mío. Ya hace meses que no cumplo nuestro trato de mandarte un mail cada vez que aparecés en mis sueños. Hace meses que esas historias mueren en mi libreta de la mesa de luz y no te aviso que viniste. Mi próximo amor será la despedida que nunca fue de un ayer que sigue siendo.

Ningún llanto duele más que el llanto de aeropuerto. Mientras movés la mano con la poca fuerza que te queda como diciendo chau hasta la vuelta, aun cuando no hay vuelta y la puta madre, cómo hago ahora para no llorar a los gritos adelante de toda esta gente que me mira con mi metro y 50 y mis 45 valijas.
Ya pasé por un montón de despedidas y sigo sin aprender cómo se hace. Vos tampoco sabés despedirte y ni siquiera entendí del todo tu trabalenguas de que mejor así porque peor lo otro que es ir despidiéndose de a poquito.
¿Y qué es este último abrazo? Una carta de amor tan fugaz como eterno.
Esta ciudad fue magia pura. Ojalá fuera capaz de escribir lo que sentí la primera noche que llegué a Venecia sola y vi el agua del Adriático frente a mí y pensé en lo afortunada que soy y en cuánto vale la pena la valentía de saltar sin saber dónde está el piso.
Esta ciudad fue magia también en mis dolores, llegué llena de penas y me regalé estar sola conmigo durante meses, me encerré un poco en mí y en mil libros y cuadernos y poemas. Lloré mucho, lloré pila, lloré sola y lloré mientras me abrazaban esos brazos gigantes y calentitos.
Y esta vez pensé en mí, en lo que necesito, en lo que mi corazón grita fuerte: es hora de ir un rato a casa, de que mamá me toque el pelo cuando no me puedo dormir y que la abuela me haga milanesas y después me corte la sandía, le saque las semillas y le ponga un poquito de azúcar.
Es hora de ser amiga de mis amigos. Es hora de ser hermana de mis hermanos.
Venecia fue un desafío, un aprendizaje, un amor.
Con el corazón un poco roto me despido, del agua celestita, de la pizza, del spritz, de la magia en cada esquina y de los rincones más hermosos del planeta. Y de vos, que ahora ya sabés.