Me paso leyendo cosas de cómo es vivir con ansiedad, como si no supiera exactamente cómo es vivir con ansiedad. Creo que es porque leer que no soy la única me hace sentir un poco menos sola, un poco menos loca. Me como las uñas desde que tengo dientes, me como las uñas cuando sufro y sufro por comerme las uñas. Ese es el primero de mis miles círculos viciosos. La culpa, la duda, las inseguridades, los miedos, la confusión, you name it. Después el otro 98% del tiempo soy feliz y estoy tranquila y pienso, ¿cómo puede ser que de repente y sin motivos me angustie o me vuelva loca? Puede ser, y es, pero no es de loca, es de ansiosa. Ponerle un nombre hace que sea más fácil, hace que sepa que se me va a pasar, que a veces se va sin hacer nada, que a veces se me va escribiendo, que a veces se me va durmiendo, que a veces se me va llorando, que a veces se me va con un abrazo y que a veces no quiero ni que me toquen.
Por suerte también tengo toda esta otra parte que contrasta, la parte optimista, la certeza de que todo lo que me pasa al final es para bien.

Un día acostada en tu cama nos pusimos a hablar de combinar pasiones, vos estabas sentado pintando y yo te decía que vos estabas combinando pasiones porque me estabas pintando a mí. Yo te decía que quería escribir y viajar, escribir sobre viajar, viajar para escribir. Vos me decías que me calle, que me quede quieta, que me ponga un poquito más así, un poquito más asá.
Tenés que tomar más agua, tenés la piel medio seca, vení, tomá, linda, tomá este vaso entero, dale, entero, no es ni medio litro, y qué son las pasiones?
No sé, yo qué sé, ser feliz mientras hacés algo. Yo soy feliz cuando como tu comida. Y si cocinamos?
Un ratito más, estás cansada? Un ratito más y cocinamos. Mirá, ya casi termino, un ratito más.
Yo soy feliz mientras me pintás.
Yo soy feliz mientras te pinto.
Es eso, no es tan complicado.

Quisiera poder despedirme de mi abuela. Abrazarla en el mundo de los vivos y acompañarla a irse al mundo de los muertos, si es que existe, y ojalá exista y esté lleno de la gente que ella extraña. Ojalá esté mi abuelo que hace un año que la espera. Ya sé que en general el último deseo es para el muerto, pero todo pasó tan rápido que no me quedó otra opción que robarle el poder, y pedirle por favor en un mensaje de voz, que haga el esfuerzo sobrehumano, con esas palabras se lo dije, de dejarme la receta de sus rosquitas antes de morir del todo. Quisiera pedirle que no se muera, que me espere, que se quede acá hasta que yo le avise, pero qué egoísta quererla viva cuando ella quiere estar muerta. Con ella se muere un poco la niña que fui. Mi abuela está viva y yo estoy lejos.

Mi primera carta la mandé a los tipo 8 años con ayuda de mi tío. Había encontrado a Ornella en la sección “amigos por correspondencia” de alguna revista tipo El Escolar. Por aquella época yo estaba enamorada de Titán, el de Chiquititas, y recuerdo hablarle mucho sobre él y por qué me gustaba tanto.
Desde aquel momento no paré. En el colegio teníamos un buzón en el que podías dejar cartas para otros alumnos, que una vez por semana se repartían, una idea hermosa. Durante todo el liceo escribí cientos de cartas a mis amigas. Nati todavía las guarda todas y el año pasado nos divertimos horas leyendo mis historias.
Después crecí y empecé a viajar y me mudé lejos y empecé a escribir postales desde cada lugar al que voy. Después también me enamoré locamente de un artista tan apasionado por el papel con estampillas como yo, así que durante 6 años nos mandamos postales regularmente, incluso viviendo juntos. Después me separé, pero las postales no pararon nunca. En el sótano de Hamburgo en donde dejé todas mis cosas tengo una caja enorme entera llena de postales, dibujos, cartas, dolores, llantos y amor, y en el segundo cajón de mi escritorio se están acumulando otras tantas historias y poesías. Para mí cumpleaños 23 Hernán me regaló un blog en donde había escaneado todas las postales con dibujos de acuarelas que nos habíamos mandado hasta el momento. Arte moderno y romanticismo millennial.
Escriban cartas, a sus padres, a sus amigxs, a sus amores y a esx compañerx que no les da bola. Y a mí, ya que estamos, que amo las historias sobre amar.

Hoy en el trabajo tuve que hacer un curso antincendio. Cuatro horas escuchando todo lo que se puede decir sobre el fuego y cómo no morir quemado. Siempre me costó mucho concentrarme, mi cabeza es mucho más poderosa que mis oídos, así que todo el tiempo me descubro pensando en otras cosas. De todas las cosas que pensé hoy, hubo una que me tuvo distraída por mucho rato: ¿qué salvaría de mi casa si mi casa se prendiera fuego?
Lo primero que quiero llevarme conmigo son todos mis libros ya leídos, porque para mí leer un libro más que leer es escribir, dibujar, rayar y subrayar. Mis libros recién se transforman en mis libros después de que los leo. A los libros los cambio, los tacho, los rompo, los reescribo, me meto en las manos de los artistas, en el alma de los poetas, me transformo yo en poeta y escritora aunque sea por un ratito.

Los millennials tenemos formas de comunicarnos que ni mi abuela la que usa un iPad entendería, pero lo voy a intentar: 

hay una cosa que se llama Airdrop que es para mandar cosas de un dispositivo a otro, y lo único que necesitás es estar conectado al mismo wifi. Si tenés Airdrop activado, tu nombre le aparece a cualquier persona que esté conectado a la misma red que vos. 

Hace un rato me llegó la solicitud para aceptar un archivo, proveniente de un dispositivo cuyo dueño dio a llamar “iPhone white”. Me pareció gracioso que alguien que no sé quién es pero que está sentado en algún lugar cerca de mí me mandara algo, así que acepté. Antes de que llegara el archivo que me estaba mandando, empecé a mirar a mi alrededor a ver si lograba identificar a mi interlocutor misterioso. No era tarea sencilla, pero en mi mente decidí que era un pibe lindo que estaba sentado tres mesas más allá, lo miré rato, lo vi con su celular en la mano, lo vi escribiendo, lo vi reírse mientras abría una botella de coca. 

El archivo era una foto de una escena de una película de Dolan que se llama “Los amores imaginarios”.

Decidí seguir la conversación con otra imagen de una escena de otra película que me gusta. Y él me respondió con otra más, y después yo con otra, y así sucesivamente. 

No sé quién es, y tampoco quiero saber. 

Después de un rato largo me despedí con una imagen de fondo blanco en la que le escribí que fue muy divertido jugar con él/ella, y él/ella me respondió a eso con un gif meme. 

What a time to be alive!