Mi primera carta la mandé a los tipo 8 años con ayuda de mi tío. Había encontrado a Ornella en la sección “amigos por correspondencia” de alguna revista tipo El Escolar. Por aquella época yo estaba enamorada de Titán, el de Chiquititas, y recuerdo hablarle mucho sobre él y por qué me gustaba tanto.
Desde aquel momento no paré. En el colegio teníamos un buzón en el que podías dejar cartas para otros alumnos, que una vez por semana se repartían, una idea hermosa. Durante todo el liceo escribí cientos de cartas a mis amigas. Nati todavía las guarda todas y el año pasado nos divertimos horas leyendo mis historias.
Después crecí y empecé a viajar y me mudé lejos y empecé a escribir postales desde cada lugar al que voy. Después también me enamoré locamente de un artista tan apasionado por el papel con estampillas como yo, así que durante 6 años nos mandamos postales regularmente, incluso viviendo juntos. Después me separé, pero las postales no pararon nunca. En el sótano de Hamburgo en donde dejé todas mis cosas tengo una caja enorme entera llena de postales, dibujos, cartas, dolores, llantos y amor, y en el segundo cajón de mi escritorio se están acumulando otras tantas historias y poesías. Para mí cumpleaños 23 Hernán me regaló un blog en donde había escaneado todas las postales con dibujos de acuarelas que nos habíamos mandado hasta el momento. Arte moderno y romanticismo millennial.
Escriban cartas, a sus padres, a sus amigxs, a sus amores y a esx compañerx que no les da bola. Y a mí, ya que estamos, que amo las historias sobre amar.

Hoy en el trabajo tuve que hacer un curso antincendio. Cuatro horas escuchando todo lo que se puede decir sobre el fuego y cómo no morir quemado. Siempre me costó mucho concentrarme, mi cabeza es mucho más poderosa que mis oídos, así que todo el tiempo me descubro pensando en otras cosas. De todas las cosas que pensé hoy, hubo una que me tuvo distraída por mucho rato: ¿qué salvaría de mi casa si mi casa se prendiera fuego?
Lo primero que quiero llevarme conmigo son todos mis libros ya leídos, porque para mí leer un libro más que leer es escribir, dibujar, rayar y subrayar. Mis libros recién se transforman en mis libros después de que los leo. A los libros los cambio, los tacho, los rompo, los reescribo, me meto en las manos de los artistas, en el alma de los poetas, me transformo yo en poeta y escritora aunque sea por un ratito.

Los millennials tenemos formas de comunicarnos que ni mi abuela la que usa un iPad entendería, pero lo voy a intentar: 

hay una cosa que se llama Airdrop que es para mandar cosas de un dispositivo a otro, y lo único que necesitás es estar conectado al mismo wifi. Si tenés Airdrop activado, tu nombre le aparece a cualquier persona que esté conectado a la misma red que vos. 

Hace un rato me llegó la solicitud para aceptar un archivo, proveniente de un dispositivo cuyo dueño dio a llamar “iPhone white”. Me pareció gracioso que alguien que no sé quién es pero que está sentado en algún lugar cerca de mí me mandara algo, así que acepté. Antes de que llegara el archivo que me estaba mandando, empecé a mirar a mi alrededor a ver si lograba identificar a mi interlocutor misterioso. No era tarea sencilla, pero en mi mente decidí que era un pibe lindo que estaba sentado tres mesas más allá, lo miré rato, lo vi con su celular en la mano, lo vi escribiendo, lo vi reírse mientras abría una botella de coca. 

El archivo era una foto de una escena de una película de Dolan que se llama “Los amores imaginarios”.

Decidí seguir la conversación con otra imagen de una escena de otra película que me gusta. Y él me respondió con otra más, y después yo con otra, y así sucesivamente. 

No sé quién es, y tampoco quiero saber. 

Después de un rato largo me despedí con una imagen de fondo blanco en la que le escribí que fue muy divertido jugar con él/ella, y él/ella me respondió a eso con un gif meme. 

What a time to be alive!