La primera vez que viajé en avión tenía 8 años. Mi tía abuela, soltera, sin hijos, me había dicho que tenía un regalo para mí que tenía que ver con el mundo. Yo pensé que era un puzzle de un mapa, pero era un viaje a Chile. Fuimos a Santiago y de ahí a un crucero por  Puerto Montt, Puerto Varas, Frutillar y algo más por ahí. Ahí tuvo lugar mi primer acto heroico cuando le salvé los dedos a una gringa. Durante años mi familia contó con orgullo como yo con 8 años le grité al capitán chileno “¡sus dedos, sus dedos!” mientras la gringa gritaba “¡my fingers, my fingers!”, para avisarle que había atrapado los dedos de la mujer entre la lancha y un iceberg. Sus dedos efectivamente quedaron colgando hasta que los cocieron y todos los adultos del crucero me hacían sentir como si le hubiera salvado la vida. Podría decir que esa es mi primera historia de viajes, y que después de eso, pasé 10 años sin volar, pero nunca dejé de soñar con ese puzzle de mapa y con viajar por el mundo, quería hacer viajes largos, intecambios , vivir un tiempo en otro lugar. A los 18, ya habiendo aceptado que en casa no había plata para pagar ni un viaje ni un intercambio , decidí encontrar la manera de viajar sin plata y la encontré. Me fui con casi nada en los bolsillos y con una valija llena de libros en español por las dudas. Al final cumplí los sueños de aquella Ini que andaba fascinada entre icebergs del Pacífico y ahora sigo pensando en los sueños de esta Ini escribe acostada escuchando golpear las olas del Caribe. 

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