Como en cada viaje, leo un libro atrás de otro, sin pausas. Tan es así que los límites entre una historia y otra se me difuminan. Me pasa siempre que leo más de un libro de un mismo autor, incluso me pasa cuando leo autores distintos que se me hacen similares. Por eso necesito una pausa después de este último. Necesito sentarme y escribir y no olvidarme ni de Sumire ni de Myû ni de K ni del amor verdadero.
La línea más clara que marca mi vida desde mi infancia y hasta el día de hoy son las palabras. Las mías y las de otros.
Sentada en una mesita de madera pienso y escribo. Cruzando la carretera está el mar caribe celeste en la orilla y más azul a medida que se acerca al horizonte. Sumire es una mujer joven que sueña con ser escritora. Escribe de desayuno, de almuerzo y de cena. Tanto escribe que a veces se olvida de comer. Yo cuando escribo me olvido de comer y del mundo. Cuando escribo me duele la mano y las palabras se forman en mí a una velocidad que mis dedos no alcanzan. Escribir y enamorarme es lo que mejor me sale. Escribir y amar. Amar y escribir.

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