Mi madre dice que no le gusta cuando escribo así, de triste, de amor, del corazón roto, que le gustaba más cuando viajaba y escribía sobre mis viajes, cuando tenía aquel blog en donde relataba cómo casi perdía aviones o como me tomaba trenes hacia el lado equivocado y llegaba a una ciudad pensando que era otra. Incluso le gustó que escribiera aquella vez que dejé toda mi plata en una ciudad de Marruecos y me fui a otra a 400 kilómetros sin ni un peso ni una tarjeta ni un documento donde dijera que yo era yo, en un país en donde ni yo hablaba sus idiomas, ni ellos los míos. Y yo la entiendo, ahí era mucho más graciosa, pero también mucho menos honesta. Y es cierto que muchas veces escribo porque sí nomás, porque escribir me sale de los dedos como si fuera re fácil, pero en realidad para mí escribir es otra cosa. Escribir es poner el dolor en palabras, es aceptar que nací con una cosa que me acompaña desde que tengo memoria, y que me va a acompañar siempre, que es sentir mucho, pila, demasiado. Y me gusta sentir pila, creo que si no sintiera tanto no podría hacer las cosas que me hacen vivir como vivo, que me hacen ser yo, así, con mis mil contradicciones. A veces quisiera ser más común, no sé, tampoco es que me crea extraordinaria, pero a veces me da la sensación de que no logro explicarme, de que ni los que me conocen me conocen.

 

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