Un cuaderno, un libro, una lapicera, un lápiz, una goma, algunos otros lápices de colores, un cuadernito casero, una cámara de fotos y sin saber cómo, un bolso que se hace bastante pesado. Ya pienso que voy a tener que estar cargando con todo ese peso en las escalas, que no son pocas, ni son cortas, y decido empezar a sacar cosas, pero mientras decido qué sacar, no me decido, y al final cargo con cosas que después ni siquiera uso.

Una vez alguien me dijo que el secreto de los buenos viajeros es el siguiente: cuando tengas la mochila pronta, abrila y sacale la mitad de las cosas.

Es que para los viajes largos es difícil empacar. Mi vestido preferido son todos, y nunca puedo quedarme sin un libro que leer, y tengo que tener dónde escribir, y dónde dibujar, y no puedo perderme de ninguna foto, y no puedo no tener flash por si alguna vez está oscuro, y mis zapatos con un poco de taco para disimular mi metro 50, pero también las botitas porque a veces hace frío, y los pies descalzos para caminar por la playa aun en esos días en que necesitaría las botas.

Y entre todo lo que llevo, pienso también en lo que dejo. A veces me intento convencer de que todo lo que dejo, ahí me espera, pero después me acuerdo de que ya me he ido otras veces, y de que no siempre todo sigue igual.

Por último prefiero ser más inteligente y pensar en todo lo que no llevo, pero me está esperando por ahí para que lo guarde en mi bolso, que pesa, pero es mi bolso.

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