Novecientos quince días esperando por otro, otra mano, otra piel, otra gota de sangre en las sábanas. En todas mis camas escombro de tierra, sudor, mugre y moho. Mil noches en silencio y mil gritos desahuciados. Mi cuerpo al fin se estremece con las caricias de un nadie, duermo mal y poco esquivando el contacto desconocido, enfriando el calor inútil de un no sé quién. Me despojo del placer conocido, de la forma natural, de los cuerpos en tetris y me abro en otras direcciones. Uno cruzó ríos, el otro cruza montañas, no estoy cerca, no estoy lejos, fluyo en gritos y susurros que no entiendo, soy, estoy, siento y me entrego, novecientos quince días después: más rápido, más lento, quieta, boom. 

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