Hoy en el trabajo tuve que hacer un curso antincendio. Cuatro horas escuchando todo lo que se puede decir sobre el fuego y cómo no morir quemado. Siempre me costó mucho concentrarme, mi cabeza es mucho más poderosa que mis oídos, así que todo el tiempo me descubro pensando en otras cosas. De todas las cosas que pensé hoy, hubo una que me tuvo distraída por mucho rato: ¿qué salvaría de mi casa si mi casa se prendiera fuego?
Lo primero que quiero llevarme conmigo son todos mis libros ya leídos, porque para mí leer un libro más que leer es escribir, dibujar, rayar y subrayar. Mis libros recién se transforman en mis libros después de que los leo. A los libros los cambio, los tacho, los rompo, los reescribo, me meto en las manos de los artistas, en el alma de los poetas, me transformo yo en poeta y escritora aunque sea por un ratito.

A mi mudanza número 15 no me traje mis libros. Dejé 8 cajas llenas en un sótano de Hamburgo, y tuve que hacer una triste selección de los pocos que entraban en mi valija. Fueron 11, que seleccioné con esmero y dolorcito, y no digo dolor porque dolor es otra cosa. Dolor es leer a Idea cuando tenés el corazón roto, por ejemplo. Dolor es encontrar papelitos viejos entre medio de los libros ya leídos. Dolor es amar poema.
Estoy sentada en mi escritorio escribiendo esto en mi cuaderno, con la ventana al balcón abierta y entra una brisa que me vuela el pelo y el vestido también negro. Me veo la bombacha y pienso en lo lindo que es el verano y las pocas ganas que tengo de estar vestida. Me desvisto.
Me pregunto si hay gente que siente menos, digo, ¿todos sienten tanto como yo? Porque yo siento que siento mucho, demasiado. Sentir tanto cansa, pero peor es no sentir nada. No quiero llevar un diario de dolor. Ojalá esto sea sólo SPM.

 

Un amigo me dijo vos sufrís porque escribís, y una amiga me dijo vos sufrís porque amás poema. Y cómo puede ser que lo que te da vida, te dé muerte, cómo puede ser que necesite de palabras para vivir pero que las mismas palabras me rompan entera. Cómo puede ser que si no escribo me muero pero mientras escribo también un poco me muero.

Hoy hace tres meses que vivo en la ciudad más linda de todo el continente. En tres meses pasaron pila de cosas. Estuve feliz, estuve triste, agradecida y enojada. Lloré y me reí. Pensé que acá quiero estar el resto de mi vida y pensé me quiero ir de acá ya mismo. Soy pasional e impulsiva, tomo decisiones apurada y cambio de opinión mil veces.
En Venecia me desenamoré y me enamoré de nuevo. Al llegar decidí que nunca más iba a necesitar que me cuiden ni un abrazo y al final necesité un abrazo. Me dejé abrazar y me dejé cuidar, otra vez.
Aprendí que dejarme cuidar no significa ser menos independiente.
Aprendí que ser valiente implica muchísima valentía, valga la redundancia.
Aprendí que soy una mujer fuerte.
Aprendí que tengo que aprender a perdonarme.
Y aprendí a decir me gustás mucho en italiano.

Hace un par de años me estaba bañando y sonó mi celular, lo tenía cerquita de la ducha así que lo atendí. Era mi novio que quería saber que quería cenar así pasaba por el super. Pensé 2 segundos y le dije que quería comer tallarines con carbonara. Cortamos y al medio minuto me llamó de nuevo. Le había dicho que me estaba bañando, así que pensé que si llamaba de nuevo debía de ser por algo importante. Entonces me dijo “viste lo que acabás de hacer? estoy muy orgulloso de vos, tomaste una decisión, Ini, sin decir no sé, sin decir ah no decidí vos, sin pensarlo por una hora y sin cambiar de opinión 5 veces”. Y yo no le dije nada, pero en realidad a esa altura ya tenía más ganas de comer arroz con pollo.

Hace unos días mi amigo Pablo me dijo varias cosas que pasaré a citar: “ta obviamente vos sabés, y ya has tomado decisiones difíciles así que vas a tomar la decisión correcta”, “tenete fe, sos re buena tomando decisiones”, “hay que correr riesgos (…), hacé lo que te dicte tu corazón”. Esos son los buenos consejos, los que alientan y abrazan.

Hoy tomé vino tinto y lloré mientras hablaba de la muerte y de los muertos. De los que se van, de los que vuelven, de los que los ven, de los que los matan. Hablamos de morir, hablamos de vivir y hablamos de amor, y hablamos sobre lo más duro de vivir que es morir de amor.
Morir vivo, vivir muerto.

 

“Qué injusta, qué maldita, qué cabrona la muerte que no nos mata a nosotros sino a los que amamos” -Carlos Fuentes.

Hace unos días me desperté con una sensación muy rara, con miedo de pensar que esta es la vida que elegí y que capaz que podría haber elegido una mejor pero yo ya elegí esta así que ya está. Me puse a fantasear con universos paralelos, con vivir acá, en Hamburgo y en Montevideo al mismo tiempo, con poder tener al mismo tiempo a todos los amigos que por ahí he dejado.
Ser un “exiliado” no es tan fácil. Y el exilio voluntario, a mí al menos, me llena de culpas. Culpa de haber “abandonado” a mi familia, culpa de no estar en Uruguay militando por todo en lo que creo, culpa de no ver crecer a mi hermano, culpa de no abrazar a mis padres, culpa de dejar morir a mi abuelo.
Cuando me fui de mi casa tenía 17 años. Y en los 7 años que viví en Alemania construí una casa nueva, con una familia que elegí, con amigos que son como hermanos, con esquinas y cordones de veredas que escribieron las partes más relevantes de mi historia. Y otra vez la dejé, y me fui, y acá estoy, construyendo otra casa y otra vida, más amiga de mí misma que nunca, con más miedos que nunca, también, pero con la felicidad de vivir en una ciudad hermosa, un laberinto lleno de escondites en donde escribir más de mi historia. Y con el aprendizaje de que el mundo es enorme, y que con fuerza y valentía puedo elegir a dónde ir el día que ya no me sienta una sola con la ciudad en la que vivo.
Soy un metro cincuenta de miedos machacados con fuerza y valentía, y los días en que me perdono, me siento orgullosa de mí y mi libertad.