Un amigo me dijo vos sufrís porque escribís, y una amiga me dijo vos sufrís porque amás poema. Y cómo puede ser que lo que te da vida, te dé muerte, cómo puede ser que necesite de palabras para vivir pero que las mismas palabras me rompan entera. Cómo puede ser que si no escribo me muero pero mientras escribo también un poco me muero.

Hoy hace tres meses que vivo en la ciudad más linda de todo el continente. En tres meses pasaron pila de cosas. Estuve feliz, estuve triste, agradecida y enojada. Lloré y me reí. Pensé que acá quiero estar el resto de mi vida y pensé me quiero ir de acá ya mismo. Soy pasional e impulsiva, tomo decisiones apurada y cambio de opinión mil veces.
En Venecia me desenamoré y me enamoré de nuevo. Al llegar decidí que nunca más iba a necesitar que me cuiden ni un abrazo y al final necesité un abrazo. Me dejé abrazar y me dejé cuidar, otra vez.
Aprendí que dejarme cuidar no significa ser menos independiente.
Aprendí que ser valiente implica muchísima valentía, valga la redundancia.
Aprendí que soy una mujer fuerte.
Aprendí que tengo que aprender a perdonarme.
Y aprendí a decir me gustás mucho en italiano.

Hace un par de años me estaba bañando y sonó mi celular, lo tenía cerquita de la ducha así que lo atendí. Era mi novio que quería saber que quería cenar así pasaba por el super. Pensé 2 segundos y le dije que quería comer tallarines con carbonara. Cortamos y al medio minuto me llamó de nuevo. Le había dicho que me estaba bañando, así que pensé que si llamaba de nuevo debía de ser por algo importante. Entonces me dijo “viste lo que acabás de hacer? estoy muy orgulloso de vos, tomaste una decisión, Ini, sin decir no sé, sin decir ah no decidí vos, sin pensarlo por una hora y sin cambiar de opinión 5 veces”. Y yo no le dije nada, pero en realidad a esa altura ya tenía más ganas de comer arroz con pollo.

Hace unos días mi amigo Pablo me dijo varias cosas que pasaré a citar: “ta obviamente vos sabés, y ya has tomado decisiones difíciles así que vas a tomar la decisión correcta”, “tenete fe, sos re buena tomando decisiones”, “hay que correr riesgos (…), hacé lo que te dicte tu corazón”. Esos son los buenos consejos, los que alientan y abrazan.

Hoy tomé vino tinto y lloré mientras hablaba de la muerte y de los muertos. De los que se van, de los que vuelven, de los que los ven, de los que los matan. Hablamos de morir, hablamos de vivir y hablamos de amor, y hablamos sobre lo más duro de vivir que es morir de amor.
Morir vivo, vivir muerto.

 

“Qué injusta, qué maldita, qué cabrona la muerte que no nos mata a nosotros sino a los que amamos” -Carlos Fuentes.

Hace unos días me desperté con una sensación muy rara, con miedo de pensar que esta es la vida que elegí y que capaz que podría haber elegido una mejor pero yo ya elegí esta así que ya está. Me puse a fantasear con universos paralelos, con vivir acá, en Hamburgo y en Montevideo al mismo tiempo, con poder tener al mismo tiempo a todos los amigos que por ahí he dejado.
Ser un “exiliado” no es tan fácil. Y el exilio voluntario, a mí al menos, me llena de culpas. Culpa de haber “abandonado” a mi familia, culpa de no estar en Uruguay militando por todo en lo que creo, culpa de no ver crecer a mi hermano, culpa de no abrazar a mis padres, culpa de dejar morir a mi abuelo.
Cuando me fui de mi casa tenía 17 años. Y en los 7 años que viví en Alemania construí una casa nueva, con una familia que elegí, con amigos que son como hermanos, con esquinas y cordones de veredas que escribieron las partes más relevantes de mi historia. Y otra vez la dejé, y me fui, y acá estoy, construyendo otra casa y otra vida, más amiga de mí misma que nunca, con más miedos que nunca, también, pero con la felicidad de vivir en una ciudad hermosa, un laberinto lleno de escondites en donde escribir más de mi historia. Y con el aprendizaje de que el mundo es enorme, y que con fuerza y valentía puedo elegir a dónde ir el día que ya no me sienta una sola con la ciudad en la que vivo.
Soy un metro cincuenta de miedos machacados con fuerza y valentía, y los días en que me perdono, me siento orgullosa de mí y mi libertad.

A Francesca la conocí la semana pasada en la biblioteca de la Universidad y hoy era su cumpleaños. Nos dijo que fuéramos vestidas con cosas floreadas y no me costó mucho porque casi todo en mi ropero tiene flores. Y mi piel tiene tatuadas un montón. Tengo jazmines, margaritas, lavanda, dientes de león, tulipanes, anémonas, espigas y un cactus con flor.
Alrededor de la comida había hecho una corona de orquídeas y como cada vez que veo hortensias, me acordé de mis abuelos que tienen pila en su casa. Entre flores me siento bien.
Cuando se hizo de noche alguna dijo cantemos una canción, y cantaron O bella ciao, bella ciao, bella ciao ciao ciao, y otra vez me sentí bien.
Venezia mi piace tantissimo.

Tengo una amiga que tiene la teoría de que las ciudades inmediatamente te adoptan o te escupen. Ella vivió en varias así que fue aprendiendo cómo es que se siente eso. Yo me mudé a Venecia hace exactamente 48 horas.
Para explicar cómo es que me doy cuenta de que Venecia me quiere acá tengo que empezar hablando un poco de mí: mi cosa preferida en el mundo es el papel. Los libros, los cuadernos, las agendas, las revistas. Después de haber terminado de cursar mi carrera, me especialicé en Diseño Editorial e Ilustración, por amor.
Recién llegué sin saber muy bien a dónde estaba llegando, a la biblioteca de la universidad de Venecia. Había música y gente tomando cerveza, vino blanco y la bebida veneciana por excelencia: aperol spritz. Primero lo primero, porque prioridades, me compré un spritz para mí. Y después me acerqué a las mesas en donde se aglomeraba la gente. El evento -al que caí sin querer-es la presentación del primer número de una revista de estudiantes que engloba proyectos de distintas carreras como arquitectura y diseño.
Después de 7 años viviendo en Alemania, es un poco raro vivir en un lugar en donde la gente se acerca y te habla. Me había olvidado de mi cuaderno así que pedí prestada una lapicera y agarré un papel y empecé a escribir atrás todo esto que ahora estoy escribiendo acá, y uno que estaba por ahí me preguntó qué escribía. Le conté, charlamos, se llama Bruno, estudió lo mismo que yo, me regaló un pedazo de pizza fría pero rica y creo que ya tengo un amigo.
Venecia me abre los brazos y yo me agarro fuerte.