Un día llegué a casa y estaba Nacho llorando en el baño, era chiquitito, no sé cuántos años tendría, 2, 3, no mucho más. Lloraba, y tosía, y vomitaba. No sé qué tenía, pero vomitaba por enfermo, y lloraba por sufrir, y vomitaba por llorar. Seguro no era nada muy grave porque ni siquiera me acuerdo, pero lo que sí me acuerdo es que ese día me di cuenta de lo que es el amor. Yo lo miraba así, todo chiquito, sufriendo, y hubiera hecho cualquier cosa para que él se sintiera bien, lo abrazaba fuerte pero no era suficiente, quería cambiarle el lugar, quería sufrir yo y que no sufriera él. Así se debe sentir ser madre, pensé en aquel momento, y es también la idea que me quedó después de todos estos años.
Nacho es el niño más bueno y dulce que conozco. No creo que haya otro como él. Capaz eso piensan todas las hermanas, puede ser, pero yo estoy segura. No hablamos mucho, pero nos amamos, él piensa que yo soy la mejor hermana del mundo y yo que vivo del otro lado del mundo y a veces desaparezco por semanas igual pienso lo mismo, porque qué mejor que amarlo con todo mi corazón, desde el día que me enteré de que Elena estaba embarazada hasta el día que me muera, o más allá, quién sabe.
Hoy cumple 10 años, eso significa que hace dos tercios de su vida que ya no vivimos juntos. A veces quisiera que fuera otra vez así de chiquitito. Qué fortuna ser hermana mayor.

A Camilo lo conocí hace muchos años, el mismo día que conocí el amor. El cerebro casi me explota cuando me puse a pensar en buenos recuerdos que tengamos juntos, hay infinitos: lo borrachos de Elephant en el Schlagermove de 2012. Las caminatas eternas por París, estar sentados en jardines gigantes y miniatura, y gigante y miniatura, y de todos colores, rosado, verde, amarillo, neón, copos de nieve, fractales y risas. El barrio hippie mágico y la sopa en el invernadero. Los viajes a Ámsterdam, que no se acaben nunca. Compartir las pasiones: escribir, y leerte en voz alta y que me leas y que escribas y me leas. Poder arrastrarte conmigo a clases de teatro, actuar juntos, filmar cortos, tus guiones, ser tu actriz, chuponear frente a una cámara, nunca más, Cami, nunca más. Festivales de cine, ver contigo y en un cine enorme de Berlín la película más linda que vi en mi vida. Los mates en la biblioteca. Ganarte al ping pong. Comer tus arepas y tu ajiaco y cocinarte la mejor lasagna del mundo. Recomendarnos libros, presentarte autores y que me presentes poetas nadaístas. Que me leas en voz alta el poema más lindo que supo escribir Arango. Haber vivido juntos tanto tiempo sin en realidad haber vivido juntos nunca. Las miles de noches en tu cama y en la mía, mirando películas, tomando vino y riéndonos como locos después de un par de pitadas. Todos los proyectos que dejamos por la mitad. Todas las veces que me escuchaste llorar y gritar de dolor infinito. Que juegues siempre conmigo.
Agradezco la tranquilidad que me da saber que aunque ya no te tenga a 200 pasos de casa vos siempre estás ahí, que me conozcas de todas las formas, rota y muerta y viva.
El honor de ser tu amiga, y la certeza de que nos tenemos para siempre. La adultez es cosa seria, algún día nos vamos a morir y yo nunca te había dicho todo lo que te quiero.
Ini es lava, pero ya no aguanto más hasta mañana y ese abrazo. Mañana llega mi amigo del alma a visitarme. Soy feliz.

Esa lágrima es tuya, salió de mis ojos, pero es tuya. Lloro por varias razones y vos las conocés todas. Lloro porque me escribís una carta en español, lloro porque mientras lees un cuento de mi libro preferido te sentás a hacerme un dibujo, otra vez. Lloro porque 3 meses parecen una eternidad cuando estás tan lejos. Lloro por la fortuna de tenerte, y de que seas y yo sea y seamos como siempre, siempre. Lloro porque me horneás una lata llena de mis -tus- galletitas preferidas.
Lloro porque soy yo, nube gris.

Hoy se cumplen 21 años desde que dejé de ser la única hija, la única nieta y la única sobrina. Desde ese día nunca más fui ni voy a ser yo sola.
Todavía me acuerdo del día que nació, me acuerdo que papá me despertó temprano diciendo que tenía una sorpresa. Yo pensé que era un perrito pero resultó que era él.
Cuando era chiquito me decía “mana” porque hermana no le salía. Andaba siempre corriendo atrás de una pelota y también lloraba mucho.
No sé en qué momento creció, hoy lo miro y pienso en la suerte que tengo de que sea mi hermano. Tan bueno, lindo, inteligente y talentoso. Como en cualquier familia normal, en casa tampoco se habla mucho de sentimientos, pero hace no mucho estábamos los dos solos y yo quise explicarle eso que siento por él entonces le dije algo así como “Toto, vos me querés a mí tanto como yo a vos?” Y él me respondió “yo te amo, gorda”, y yo sentí el alivio de lo recíproco. Pero al final igual tampoco le expliqué muy bien así que se lo voy a explicar ahora: es mi persona favorita en el mundo, siento un orgullo infinito de poder decir este es mi hermano, cuando se me cae una pestaña siempre pido que él sea feliz, cuando me dice que está triste me dan ganas de dar vuelta el mundo entero para que se ponga bien y se me rompe un poquito el alma cada vez que pienso que hace 7 años que nos extrañamos mucho más de lo que nos vemos.
Para vos será “un día común nomás”, pero para mí es el día en que celebro que existas. Te amo más de lo que cualquier textito de mierda puede expresar, Toto.

Hoy hace un año de mi último abrazo, y digo mío porque vos ya no estabas, y seguro me dirías chinita, qué abrazás ese cuerpo viejo y frío y muerto…y yo lloraría y te diría que es el cuerpo que cargó contigo 72 años, que es la piel finita que siempre me gustó pellizcar, que son las manos que tanto me acariciaron, los brazos que más y mejor me abrazaron, que es el cuerpo que me cuidó siempre que necesité ser cuidada. Hoy hace un año desde que estás muerto. Me gusta decirlo así, como es, sin vueltas, porque los días en que me olvido de que ya no estás y me dan ganas de abrazarte son los que más me duelen. Pero dentro de mí, abuelo, estás vivo para siempre, te llevo conmigo cada segundo, en mis recuerdos, en mi corazón, en cada vez que puedo contarle a alguien lo mágico que fuiste, los juegos, los consejos, los paseos, las charlas eternas, las enseñanzas, y repito, los abrazos, tus abrazos llenos de amor. El orgullo infinito que me da haber sido tu nieta. SER tu nieta. Siempre, chimpita, siempre.

Pipe se enoja cuando le saco fotos. La primera vez que se enojó era de madrugada y hacía como 5 grados bajo 0. Salimos a caminar por un parque cerca de mi casa y yo me subí a un carrito de supermercado que andaba por ahí y él me iba llevando. Yo saqué un par de fotos y ya tipo a la tercera me miró con cara de enojado y me dijo “pa Ini no pará no estoy pa esto”. En esa época yo todavía le hacía caso así que guardé el celular, pero como ahora ya no le doy bola cuando me reta, el otro día nos saqué esta sin que él se diera cuenta.
Pipe es para mí: charlas hasta muy tarde, sueños lúcidos, abrazos fuerte, filosofía, caminatas bajo lluvia, es Hamburgo, Montevideo, París y Barcelona, es compartir la tristeza y la alegría, es libros, museos, paltas de desayuno y un mapamundi nuevo. Apachucharse, también.
Hasta el infinito, pipi.

De todas las cosas que me dejaste, esta es la que me era más ajena. Todo lo demás ya era un poco mío, era yo, y fue por eso que ser nosotros, con vos fue tan fácil. Desde la primera noche que pasé en tu casa despiertos hasta las 5 de la mañana haciendo historietas supe que con vos podía compartir todas mis pasiones. No me quisiste acompañar a la parada del bondi, no estamos en uragüey, me dijiste, y yo te mandé un mensaje sana y salva diciéndote que igual me caías bien.
Después empezaron las fotos, las primeras en un parque de algún rincón en Schanze mientras yo giraba en un carrusel de plástico rojo. Después los dibujos, después las pinturas, las horas posando quieta para que vos hicieras de tu magia con pinceles. La comida turca, las miles de películas, los viajes a todos lados. Tu teoría del límite del arte malo. La importancia de lo bello. Todas las noches de leer poesía en voz alta. Lo fácil que es pedir disculpas, abrazar y perdonarse. Todo eso me dejaste, y mucho más, pero lo más raro fue el amor por las piedras, la maravilla que es escucharte hablar de rocas, fosiles, tierra, no sé, yo no entiendo nada, pero la pasión de tus ojos verdes y tus manos de geólogo hicieron todo el trabajo.