Mi abuelo jugaba conmigo a todos los juegos que yo quisiera jugar. Me insistía que tenía que ser de Nacional, y jugaba conmigo a todo.
Mi abuelo siempre tenía algo de qué hablar. Filosofaba todo el tiempo y casi siempre tenía razón.
Mi abuelo hablaba todo el tiempo de la importancia de ser feliz y no complicarse con pavadas. Una vez le dije que “si algo tiene solución para qué te preocupás, y si no tiene solución para qué te preocupás” y quedó consternado por haber escuchado esa frase recién de viejo.
Mi abuelo, cuando yo era chiquita y vivíamos juntos, inventó un juego. El juego consistía en esconderte de forma virtual mientras el otro te buscaba. Tenía dos versiones, una era la “Escondida virtual real” y la otra era la”Escondida virtual virtual”. En la primera versión sólo podías “esconderte” en los lugares en que efectivamente entrarías, como abajo de la cama o en el ropero. En la versión virtual virtual podías esconderte desde adentro de la lamparita de luz hasta abajo de la alfombra.
Mi abuelo y yo nos pasábamos horas jugando mientras él me acariciaba los brazos o el pelo. No tuvo hijas mujeres así que aprendió varias cosas conmigo.
Cuando estaba internado unos días antes de morirse, el médico intensivisa le comentó que iba a ser abuelo de una nena. Ese médico me contó a mí que mi abuelo le dijo “ahora vas a conocer el verdadero amor”. Yo lloré de feliz mientras el resto de mi familia asimilaba el informe médico de que mi abuelo al final se iba a morir.
Para ser honesta, la mayoría de los días ni me acuerdo de mi abuelo, porque la mayor parte de mí todavía no entendió el cambio, la ausencia, la eternidad rota. Pero hay días como hoy, en que lo extraño, lo abrazo, me escondo virtual virtual en su corazón. Para siempre, abuelo.

¿Quién dijo que la música no es poesía? No sé quién sos, no conozco tu cara ni sé cómo te llamás. No sé cuántos años tenés, ni sé qué fuiste a hacer a Dublín. Pero un día conocí tu voz. Escuché tu música y te escuché y se me erizó la piel de mis brazos tatuados.
Ya no sé cuántas veces te escuché una y otra vez repetir esa poema, esa canción, ese dolor. Una, dos, ocho, mil.
La primera vez fue en mi cama de mi cuarto de la casa de mi padre un día no tan frío de invierno, y la última fue hoy.
La escucho cuando me duele el alma y la escucho cuando estoy bien porque así también puedo escucharla sin sentir que me rompo en mil pedazos. ¿Cómo puede ser que el amor que siempre es para siempre siempre se acabe?

Hoy soñé que mi abuelo aparecía desnudo en una casa que no conozco pero supuestamente había sido suya. Me decía que ahora que está muerto puede estar en donde él quiera, que solo con pensar que quería hablar con él, él iba a venir a donde yo esté, y yo no se lo decía, pero pensaba, que qué lástima que no se murió antes.
Ese tatuaje me lo hice hace un par de años, y mi abuelo, como casi todos los abuelos, odiaba los tatuajes, pero yo le reconocí el orgullo en los ojos cuando le contaba a mis tías “pero este se lo hizo por mí”. Ojalá, abuelo, puedas estar donde querés estar.

Me gustan las palabras. Me gusta la cantidad de cosas que se pueden decir con los infinitos conjuntos de palabras que tenemos, conocemos, creamos, somos. Me gustó cuando él me dijo “las palabras cambian después”, porque el después es relativo, y porque las palabras me gustan mucho. Incluso las palabras me gustan más que él, y él me gusta mucho más que cualquier cosa en la que pueda pensar ahora.

Conocés el momento,
cuando te cruzás de frente con con alguien en la calle
y se miran a los ojos,
pero no se desvían hasta el último segundo.

Yo te miro a los ojos,
y te paso de largo
pero cuando mirás casi nos chocamos
y yo siento tu mirada como un rayo que penetra,
miro hacia otro lado, y sigo de largo.

No estoy preparada para que alguien entre en mi vida,
para que cruce mi camino, como una tangente,
para después desaparecer
para siempre.

Vos y yo estamos torcidos,
los dos parados al viento, torcidos.
No nos tocamos
Dejame andar a la deriva,
no te agarres de mí.

Soy una caminante,
camino entre la gente
y hago mi propio camino
sin diagonales ni paralelas
Sonará solitario,
pero hoy soy una asíntota.

Acercarse más y más,
pero nunca tocarse.
Una triste colección
de casis y quizás,
y conjuntivos que nunca
se vuelven presente.

Y por eso miro hacia otro lado,
miro el piso,
o a través de vos.

Decime un cumplido,
y yo te doy
una mirada confusa.

Intentá tomar mi mano,
y yo la saco.
Mirame los labios,
y yo me los muerdo.

Soy una rompedora de momentos,
rompo burbujas,
y rompo el silencio,
y hago sombra,
y rompo.

Rompo porque tengo miedo.
Suena lógico en mi mundo
roto y torcido
romper algo,
antes de que se rompa solo,
o me rompa a mí.

Quiero tener el control,
y no dejarme leer.
No quiero que te quedes más tiempo,
por miedo quizás
a que descubras mis errores.

No quiero poner mi mundito en tus manos,
porque tengo miedo de que te vayas con él
y así, como caminante, estoy tranquila.

Pero cruzate conmigo,
mirame a los ojos,
no desvíes la mirada,
choacame, que yo te choco.

Era una fiesta en otoño, era mi fiesta de cumpleaños en una noche de abril, yo estaba borracha y de repente estabas parado frente a mí, después de tantos años de conocernos y no habernos prestado atención. Me pediste mi número de celular y yo te lo di, y vos me diste el tuyo y yo te dije que te iba a escribir. “Probablemente nunca”, pensé.

Y entonces de repente era octubre y sabías tanto sobre mí. Era una noche cálida de octubre cuando me besaste por primera vez y me dijiste que no me ibas a dejar ir nunca.

Se acerca el verano y luchamos entre nosotros y con nosotros y nos perdemos más y más. Nos perdemos en palabras no dichas, en esta tranquilidad horrible que vos intentás romper, y aunque quiero gritar que pares de hacerme preguntas, me callo, y te pregunto mientras vos querés que pare de hacerte preguntas.

Es febrero y estás parado frente a mí y me decís que te querés ir, que ya no me querés a tu lado. Por primera vez querés que me vaya, ¿y yo? Yo quiero quedarme, pero me doy vuelta y me voy sabiendo que te perdí. Y entonces viene la segunda noche de abril en que nos encontramos. ¿Qué querés de mí? Yo sigo siendo la misma, la que no pudo hacerte feliz, y vos sos el mismo que amo y que me lastima. Ahora somos ¿amigos?, ¿amigos con derecho? Entonces pasamos la mejor etapa que hemos tenido, y estoy feliz y confundida. Vos siempre parecés tan fuerte y yo tan débil. A pesar de todo siempre estás ahí para mí, crees en mí, me abrazás, me prestás tu campera cuando hace frío y me secás las lágrimas. “¿Qué querés de mí?”, te pregunto mil veces. ¿Y vos? Me mirás y no sabés. Vos ponés las reglas en nuestro juego, que aparentemente ya nada tiene que ver con amor. Vos decidís qué tan cerca o lejos de vos puedo estar. Y después se termina. Porque yo quiero demasiado y vos demasiado poco, y a veces es al revés. No puedo hablarlo con nadie porque nadie lo entiende. Yo lo entiendo. ¿Lo entiendo?

Ahora estoy sola y vos también, ¿cuánto vamos a aguantar? Sin el otro, sin ese sentimiento de sentirte en casa en los brazos del otro. Entonces estás otra vez, parado frente a mí en una noche de música alta en un boliche de dudosa reputación en Montevideo. Me mirás mientras bailo, entonces me besás como si fuera la primera vez y sonreís con tu sonrisa de “está todo bien”. Esta noche me da todo igual y ya me olvidé de todo. ¿El futuro? No se sabe, como nuestra relación que no es. Me preguntás si todavía te amo. Te digo “no, no te amo, pero sos mágico”. Sí, mágico, eso sos. Es raro, pero estoy bien. Me gustaría volver a enamorarme de vos, pero esta vez tiene que venir de tu parte, eso ya lo sé. Después de todas las noches en las que me dejás y después estás parado frente a mí. Vos pensás que me hacés daño, que me rompés, pero no, a veces me dejás dudando, a veces dudo yo sola, de vos, de mí, de nosotros, pero también me das mucho. Mucho de vos, de mí y de nosotros.

Ahora sos un amigo con el que comparto más que con otros amigos. Si alguna vez quisieras más de mí, entonces probablemente yo también quiera darte más. Pero hasta entonces olvidemos el dolor, vivamos, seamos, tomemos cerveza y fumemos sentados en cualquier esquina.