Me voy a tener que ir a otro planeta. Es que ya hice todo para sacarte de mi mente, para extirparte de mí, para olvidar lo que sos y lo que fuiste, lo que fui y lo que fuimos.
Ya no piso las baldosas que pisamos juntos, ya no voy a comer a los lugares en los que compartíamos el mismo plato,
ya regalé los libros que me regalaste, y tiré a la basura cada prenda de ropa que alguna vez me sacaste.
Ya pinté las paredes, cambié de lugar la cama, y por supuesto ya quemé las sábanas en las que dormimos abrazados miles de noches, miles de días.
Ya limpié todo lo que alguna vez tocaste. Me compré una esponja de plástico con la que me froté cada célula del cuerpo,
para limpiarme entera de tus caricias. Ahora me pongo una alarma cada hora, para despertarme y recordarme que no,
que ya no estás, que eso era un sueño y que vos no estás.
Que ya no estás, y que me tengo que despertar para alejarte, para no tener que acostumbrarme ni por un ratito a tu presencia, otra vez.
Andate, dejame, ya te llevaste de mí todo lo que tenía, lo poco que me dejaste es poco, pero es mío, dejame.
No me mires así, con esos ojos, si no estás a mi lado, no me mires.
No me abraces en las noches, si no vas a estar durmiendo a mi lado. ¿No te das cuenta de que ya no podemos? Anduve como loca juntando los pedazos de nuestro espejo roto.
Haciendo una fiesta a cada papelito que encontraba escrito con tu mano. Revolviendo mis recuerdos para encontrar pruebas de que me querías.
Desesperada. Descontrolada. Y me di de frente contra la verdad: ya no más. Ya nada. Nunca. Frené mi dolor como pude.
Me quedé quieta, miré al cielo, me sequé las lágrimas y me dije ya no más. Ya nada. Nunca.
Ordené mis pedacitos de alma, y me dispuse a vivir sin vos.
Pero vos no me dejás, sos el aire, sos el agua. Sos mi sombra. No importa qué tan cerca, no importa qué tan lejos. Dejame. Dejame. Dejame.

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