Mi vida ha sido mucho más cambios que constantes e igual así todavía no me acostumbro. Todas las mañanas abro los ojos y demoro unos segundos en entender cuál es mi nueva casa. Eventualmente siempre llego a la misma conclusión: mi casa soy yo y lo demás es geografía.
En cada una de mis vidas nacen mis nuevas rutinas. Acá es lo del té con leche y caminar con un poco de vértigo. Hay días en los que me siento absurda y diminuta, ¿hacia dónde vamos cuando no tenemos mapa?
Ya no me siento tan joven ni tan libre como antes. Las decisiones parecen pesarme más y el salto al vacío parece mucho más alto que cuando era la niña salvaje. Huelo el aroma a canela y de repente pienso en Susi y en la magia de la vida. Ella y otras mujeres que admiro son siempre un salvavidas mental. Respiro hondo y aguanto la respiración durante 4 segundos una y otra vez hasta que mis ojos ya no sostienen las lágrimas. Se me enfrió el té pero ya no me importa y ya no lo quiero. Les regalo este instante de vulnerabilidad y franqueza, que es necesario a veces desnudarse de corazas.

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