Varios años de mi infancia viví en la casa de mis abuelos. Mis padres recién se habían divorciado y los días que me tocaba estar con papá, en realidad los pasaba con ellos, que vivían al lado y me hacían todos los gustos. Mi abuelo sólo había tenido hijos varones así que conmigo aprendió un montón de cosas. Un día de setiembre entramos a escuchar el parte médico del doctor que lo atendía en cti y me dijo, ¿vos sos la nieta mayor? Le dije a tu abuelo que voy a tener una nieta y me dijo “ahora vas a saber lo que es el amor”. Yo eso ya lo sabía porque a mi abuelo le gustaban los discursos y cuando cumplió 70 quiso hablarnos a todos uno por uno. Empezó agradeciéndole a sus padres muertos por todo lo que habían sido y todo lo que habían hecho. Después le habló a cada uno de sus hermanos, agradeció algunas cosas, pidió disculpas por otras. Después le habló a mi abuela, a mi padre y a mis tíos y después me miró y dijo “y el amor de mi vida, la persona con la que conocí el amor, mi nieta mayor”. Yo lloré porque antes de ese día había pasado dos años sin verlo, y sentí culpa y miedo de no tenerlo más. Todos los días después de lavarme el pelo yo me sentaba en el posabrazos del mismo sillón beige en donde ese día nos agarramos de la mano, y él me lo secaba con cepillo y secador mientras mirábamos algo en la tele bien alta o jugábamos a alguno de los juegos que él inventaba.
Todavía me acuerdo de la primera vez que me dio vergüenza que me llevara a la escuela de la mano, yo debía de tener 9 ó 10 años y pensé que ya estaba grande para llegar de la mano de mi abuelo, así que se la solté. Si hoy te tuviera acá, abuelo, dejaría que me lleves de tu mano a todos lados. Te extraño a cada rato.

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