Un miércoles de invierno llegué a Alemania por primera vez. Mi valija, enorme, que fue la última en salir por la cinta y yo, chiquita, que fui la última en salir de la terminal.
Mi memoria funciona un poco raro, me acuerdo de muchas cosas irrelevantes pero me olvido de muchas otras más importantes.
No me acuerdo qué pensaba de mi futuro cuando decidí irme de Uruguay, no me acuerdo cuál era mi plan, ni si tenía algún plan. Pero me acuerdo de estar subiéndome a un bondi cerca de la plaza Varela alguna noche de setiembre, y hablando por teléfono con mi amiga Pili sobre que se había muerto Romina Yan y ahí le dije, “gorda, me voy a vivir a Alemania, no sé por cuánto tiempo, capaz un año, capaz más, capaz menos”. Fueron casi 7.
No sé por qué hablo en pasado. Todavía no me fui, todavía no me voy.
No soy buena para cerrar etapas ni para las despedidas. Lloro porque acá fui muy feliz, porque es mi casa, porque soy lo que soy porque fui acá, por lo que fueron otros, y porque fui para otros lo que son hoy.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *