Mañana seremos río, los que fluyen hacia siempre y no llegan nunca al nunca. Seremos aves y libres. Parados en lo más alto de una roca con los ojos cerrados y los pulmones llenos de aire miraremos lo diminuto de la vida y será hora finalmente de respondernos las preguntas del presente. Estamos vivos, herimos, dolemos y amamos con la fuerza de un cuerpo joven. No seremos uno para siempre pero somos uno hoy.

Mañana seremos río, los que fluyen hacia siempre y no llegan nunca al nunca. Seremos aves y libres. Parados en lo más alto de una roca con los ojos cerrados y los pulmones llenos de aire miraremos lo diminuto de la vida y será hora finalmente de respondernos las preguntas del presente. Estamos vivos, herimos, dolemos y amamos con la fuerza de un cuerpo joven. No seremos uno para siempre pero somos uno hoy.

Intento encontrar las respuestas mientras doy vueltas al valor de lo sagrado. ¿Qué vino a mostrarme la brújula?
Muevo mi cuerpo con la inercia de la mente, leo poesía vieja y ajena y me encuentro en los recuerdos de quienes ya vivieron y murieron bajo este mismo cielo. Pongo alarmas que mi cuerpo desacata y me fundo con mi cama cuando el alba ya es pasado y además se me hace tarde.
Aprendo de las cartas que una yo mucho más joven escribió con la ingenuidad de la primera vez que se ama: siempre estás solo y a donde sea que vayas te acompaña la misma carga de pasado y de futuro.


Mi vida ha sido mucho más cambios que constantes e igual así todavía no me acostumbro. Abro los ojos y demoro unos segundos en entender cuál es mi nueva casa. Eventualmente siempre llego a la misma conclusión: mi casa soy yo y lo demás es geografía.
En cada una de mis vidas nacen mis nuevas rutinas. Acá es lo del té con leche y caminar con un poco de vértigo. Hay días en los que me siento absurda y diminuta, ¿hacia dónde vamos cuando no tenemos mapa?
Ya no me siento tan joven ni tan libre como antes. Las decisiones parecen pesarme más y el salto al vacío parece mucho más alto que cuando era la niña salvaje.
Huelo el aroma a canela y de repente pienso en Susi y en la magia de la vida. Ella y otras mujeres que admiro son siempre un salvavidas mental. Respiro hondo y aguanto la respiración durante 4 segundos una y otra vez hasta que mis ojos ya no sostienen las lágrimas. Se me enfrió el té pero ya no me importa y ya no lo quiero.
Les regalo este instante de vulnerabilidad y franqueza, que es necesario a veces desnudarse de corazas.

Mi vida ha sido mucho más cambios que constantes e igual así todavía no me acostumbro. Todas las mañanas abro los ojos y demoro unos segundos en entender cuál es mi nueva casa. Eventualmente siempre llego a la misma conclusión: mi casa soy yo y lo demás es geografía.
En cada una de mis vidas nacen mis nuevas rutinas. Acá es lo del té con leche y caminar con un poco de vértigo. Hay días en los que me siento absurda y diminuta, ¿hacia dónde vamos cuando no tenemos mapa?
Ya no me siento tan joven ni tan libre como antes. Las decisiones parecen pesarme más y el salto al vacío parece mucho más alto que cuando era la niña salvaje. Huelo el aroma a canela y de repente pienso en Susi y en la magia de la vida. Ella y otras mujeres que admiro son siempre un salvavidas mental. Respiro hondo y aguanto la respiración durante 4 segundos una y otra vez hasta que mis ojos ya no sostienen las lágrimas. Se me enfrió el té pero ya no me importa y ya no lo quiero. Les regalo este instante de vulnerabilidad y franqueza, que es necesario a veces desnudarse de corazas.