Mi abuelo, además de ser todo lo que ya escribí mil veces, -dulce, bueno y amoroso-, tenía un superpoder: con años de práctica había aprendido a tener sueños lúcidos siempre que quería. Me lo explicó varias veces pero nunca tuve la paciencia necesaria para ser mágica como él.
La cosa es más o menos así, te mirás las manos todas las noches antes de dormir, pensás en alguna cosa, y no dejás qué nada te distraiga, te preguntás varias veces durante el día “¿estoy soñando?”, y después de mucha práctica, aprendés.
A mi abuelo lo que le gustaba de los sueños lúcidos era volar. Volaba por Tacuarembó y por el balneario en donde vivió los últimos 15 años.
Hace poco me dijo que no me extrañaba tanto porque de noche elegía soñar que yo estaba allá, “no te enojes, chinita, pero me gusta soñar que todavía sos una niñita y que te gusta jugar conmigo”.
La primera vez que yo tuve un sueño lúcido decidí tirarme por una bajada con un carrito de supermercado. Siempre había querido pero me daba miedo. La última vez que tuve uno decidí que quería estar en Uruguay, pero no lo manejo del todo bien así que terminó siendo una velada un poco de mierda en un bar de Bulevar España.
Lo sigo intentando casi todas las noches, porque esto de dejar Hamburgo me está costando pila, así que mi plan es vivir de día en mi nueva casa y de noche siempre acá.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *